Cuando Sergio despertó

Cuando Sergio despertó

                        Pseudónimo Sergio Domingo


Sergio, a sus cincuenta y cinco años, tiene que madrugar, el ordeño no espera y hay que adecentar el establo, limpiar y alimentar a los animales, luego, tras tomar su tazón de leche caliente y unas galletas,  salir al campo, en el campo siempre hay tarea.

Pero, esta noche, Carmen, su mujer, se ha empeñado en que vean juntos el programa de Cuestión de Prioridades, que hablará de la agricultura en la España vaciada y, por complacerla, aunque las diez y media ya es muy tarde para él, se ha quedado, más que nada por ver qué dicen de los agricultores, a Sergio le han salido los dientes en el campo, faenando con su padre, pero, quién sabe, tal vez puedan enseñarle algo nuevo los tertulianos de la televisión que suele ver Carmen de vez en cuando.

En cuanto el conductor del programa presenta a los contertulios, lo primero que comprueba es que hablan muy rápido, se quitan la palabra unos a otros y, al parecer, la situación del campo se está poniendo fea en Salamanca y en toda Castilla y León.

Problemas con los abonos, el forraje y el precio al que pagan la leche, que no les deja levantar cabeza.

Según dicen, el problema lo ha provocado Trump con lo de los aranceles y antes ya estaba la guerra de Ucrania por culpa de Putín, la globalización... y la consecuencia de todo esto, el precio de los combustibles ha agravado la guerra de Irán, y todo junto provoca una recesión a nivel global.

 Sergio se pregunta qué tendrá que ver todo eso con el hecho de que ahora le paguen la leche diez cántimos menos por litro, pero bueno, sigue escuchando a ver si entiende algo, al parecer, todos esos problemas se concentran en que suben los combustibles y hay menos productos en los supermercados y mas caros. Eso ya lo sabía él.  Le echan la culpa a los transportes pero el lio lo han creado otros porque, los transportistas también pierden, trabajan menos y pagan más por los combustibles.

Sergio recuerda las movilizaciones que hay de vez en cuando, regalando patatas, tirando leche al suelo, todo eso lo sabe muy bien, hasta ahora no le han dicho nada nuevo.

Se sorprende al oír lo de la falta de miel que hace que se compre hasta de China y otros paises cuando, al parecer, la nuestra es infinitamente mejor pero esta temporada han muerto muchas abejas.

Lucha como puede contra el sueño. intenta entender algo de lo que dicen y siente en su hombro la cabeza de Carmen que ya está en brazos de Morfeo.

Ha sido encender la televisión, ponerse cómoda y ¡a dormir!, en vista de que no dicen nada nuevo, hace un amago de apagar la tele, pero no, no puede dejar a la bella durmiente con la cabeza recostada en el tresillo y marcharse a la cama, sabe muy bien que Carmen no se lo perdonaría.

Pierde el hilo de las conversaciones porque el run run que se agita en su cabeza lo distrae de lo que ocurre en el dichoso aparato.

Es un continúo darle vueltas a su situación personal, mientras esos señores, desde sus cómodos sillones, hablan como lo conociesen todo sobre el campo aunque, en realidad todo lo han aprendido en los libros, ellos no están, como él, todo el día de Dios en el campo, y cuando acabas, bregando con las vacas, no señor,  seguro que no han pisado un surco de los campos en su vida. 

Él sí, él, se pasa el día entero  con las abarcas puestas y pateando en el barro. En una especie de duermevela cree que están hablándole a él y le echan en cara que no va con los tiempos, que está desfasado, que no ha debido quedarse con las tierras de sus padres y que una hacienda pequeña como la suya también necesita mecanización... Por lo menos y para empezar, una segadora y un tractor, algo que le haga trabajar con más provecho. 

¡Qué sabrán ellos lo que es trabajar en el campo de sol a sol!, y, esa es otra, él, se ha quedado en el campo porque es lo que sabe hacer, y además, que pagó, religiosamente, a Jorge y Maruja, el dinero ahorrado durante toda su vida como pago de su parte y para colmo, también tuvo que hipotecar la casa y las tierras para tener suficiente.

Ahora, aunque tenga que trabajar mucho, todo es suyo aunque tenga que trabajar de sol a sol todos los días del año.

No quiere pensar si hizo bien o no, él ha seguido su intuición de agricultor y ganadero en el trabajo en el que se crió siempre.

No desertó del arado como otros, su hermano no fue nunca de doblar mucho el espinazo, lo de Maruja es diferente, ella no tuvo otra que seguir a su marido a la capital porque le habían ofrecido trabajo, iban a encargarse de una portería.

"Cualquier cosa mejor que ser estripa terrones" le dijo Maruja mientras preparaba las maletas y unos bultos con sus cosas.

A pesar de los años que han pasado, Sergio está convencido de que las tierras tenían un gran potencial, como le dijo siempre su padre.

 "Sergio, hijo,  trabajando en las tierras nunca te faltará para vivir con holgura".

Es cierto que hubo algún ricachón que pretendió comprar las tierras, la casa y el ganado, pero no, Sergio pensó que no era cuestión de regalar el sudor de toda su familia por los pocos cuartos que le ofrecían los Aranguren, era mucho mejor demostrar a todo el mundo que era todo un hombre y no le arredraba el trabajo. Si realmente le interesaban tanto las tierras, la casa y el ganado, que lo pagasen por su verdadero precio, no aprovechando que se quedaban solos y tendrían interés por irse a la capital como  se había dejado decir Maruja en la tienda. Si se iban, Sergio les vendería las tierras, además, lindaban su finca. 

¡Menudos han sido siempre de oportunistas los hermanos Aranguren!


Estabán convencidos de que Sergio era tal como el mote por el que le llamaban en el pueblo. "Sergio el Perdis" Pero se equivocaron de medio a medio. De sobra les ha demostrado, con el paso de los años, que Sergio tenía las tierras mejor atendidas de todo el contorno, mucho mejor que las de los Aranguren,  porque, cuando se paga mal, el jornalero no trabaja a gusto. 

En la tele, dicen ahora que sin la mecanización no puede haber rentabilidad y que los campos de Castilla ya no son lo que eran, hay muchas hectáreas de tierra abandonadas. hablan de cooperativas, de las sembradoras, los tractores, las cosechadoras y que los jornaleros del campo escasean, que el campo da mucho trabajo y hoy en día hay pocos que quieran trabajar. Son muy escasos los que sacan adelante las explotaciones agrarias, un agricultor, tal y como están las cosas, no sale de la miseria.

Sergio recibe esas palabras como una puñalada. Mira a su alrededor y entiende que tiene razón el periodista que ha dicho eso:

 "Sí señor, sí señor, llevo toda la vida en esto y no tengo más que la casa de mis padres, más vieja, media docena de vacas, cuatro cerdos y muchos surcos que sembrar, regar y recolectar y de los que saco apenas para comer, ¡que tengo los jamones del cerdo colgados del techo!, sí, pero eso es para cuando llegan los sobrinos... y los quesos, y las verduras de la huerta nada... igual que hace cuarenta años, ¡Que  bebo la leche de vaca recién ordeñada!, pues claro, vendo la leche que me sobra junto con los garbanzos, las lentejas y alubias... ¡Ah! y las lechugas, los tomates, las cebollas, los pimientos y las zanahorias... tengo que tener dinero de bolsillo para lo que surja, pero ¿Es eso prosperar? 

Se ha quedado traspuesto unos minutos y al volver en sí, escucha que dicen: 

"...sin mecanización no hay beneficio para nadie, llegará un día en el que ni siquiera se acerquen a comprar las legumbres ni la leche de los minifundistas... los pobres agricultores  quedarán a merced de los oportunistas que quieran duros a cuatro pesetas..."

 "Sí vas a ver, al menos yo, voy sacando para vivir bien, en el pueblo ni siquiera hay dónde gastar... y los productos del campo para el verano son la delicia de todos los que se dejan caer por aquí con una excusa u otra".

 "¿Qué sentido tiene que uno se levante al ser de día para ir a ordeñar las vacas, limpiar el suelo, preparar las camas de paja, reponer el alimento de los animales  revisar los cultivos y preparar la tierra para la siembra,  sembrar, recoger... dale que te das al azadón todo el día de Dios y, si se tercia, no acostarte una noche porque una vaca se ha puesto de parto.

Sergio sabe que ese es su trajín diario, toda la vida igual, sin sábados, sin domingos ni fiestas, porque, al ganado hay que darle lo suyo y a sus horas y todos los días y el campo requiere  toda la atención que pida según la estación del año. 

Sergio se está quedando dormido, no sabe por dónde van los tertulianos y tampoco le importa ya...

 "Vamos a ver. Yo aprendí este oficio de mi padre, y él del suyo. sé perfectamente ¿cuando hay que cultivar cada cosa, en qué tierra se podía sembrar esto o lo otro, los perjuicios que trae el viento, la lluvia, las tormentas...? 

"Todo lo aprendí a la vera de mi padre. A la escuela  fui cuando pude, y aprendí  lo imprescindible, a leer, a escribir, algo de religión, un poco de geografía... y las cuatro reglas".

 Mi pobre padre me decía:

"Sergio, hijo, procura andar con ojo, que no te engañen, que en este mundo, hay gente muy mala,  fíjate bien en las medidas al vender la leche, y el peso  de los terneros, las legumbres... procura siempre ser muy cabal, que nadie tenga que decir que un hijo mío hizo una picia a nadie"

Tiene dolor de cabeza de tanto darle vueltas a los recuerdos,  siente ese malestar de estómago de las malas digestiones y de  cuando aparecen por casa los del camión, quieren cargar pronto, sobre todo les interesan las  legumbres..., también, pero menos, cuando llega el camión frigorífico ese tan grande de la Central Lechera, por un lado, los de las legumbres vienen siempre poniendo pegas, sin siquiera coger un puñado en las manos para calibrar la calidad.

Todo se les vuelve regatear para bajar los precios, con esa excusa u otra cualquiera.

"Estos garbanzos son muy pequeños, las últimas lentejas tenían mucha tierra, luego, en el Supermercado no me las quieren coger si no las pongo un precio de saldo... Sergio, ¡si todavía tuvieses una buena cosechadora... Las cosechadoras hacen solas el trabajo y son muy limpias, yo comprendo que es mucho trabajo para un hombre solo pero... es que se quejan, Sergio, se quejan... y con razón..."

"Eso es lo que más vinagre le pone en el cuerpo y, a la hora de pagar, el regateo que, bueno bueno, se pone uno malo de ver que te roban en tu cara y tienes que callarte si no quieres que te dejen el producto en el suelo...!" 

"Y, quieras o no, no tienes más narices que echar las legumbres en los sacos que traen ellos... y aceptar el peso y el precio que quieran hacerte, de lo contrario, no hay trato".

 Sergio sabe perfectamente que su maestra ha sido siempre y sigue siendo, la madre naturaleza. 

Fue la naturaleza la que le dio las lecciones más importante, afrontar las tormentas, recibir sin mucho dolor aparente, las malas cosechas, las lluvias fuera de tiempo... Todo lo que le ha importado en la vida lo aprendió de la naturaleza, en eso, como en todo, tenía razón su padre.

"¿Qué hubiera dicho mi padre si hubiese podido ver a estos señoritos de la capital hablando del campo como si hubiesen mamado la tierra?"

Se hubiese reido, sí, se hubiese reído, ¡Pobre señor Rogelio!. Él si que lo entendió bien siempre.

 "Hijo, nosotros somos producto del campo, el campo nos da la vida y a ella volvemos, no lo dudes nunca, nosotros, a lo nuestro, lo demás... zarandajas.

 A Sergio le ha hecho mal escuchar esas cosas en la televisión, le ha revuelto por dentro. 

"¿Y si tenían razón Jorge y Maruja al irse con las cuatro perras de las partijas?.  Cuando vienen a vernos, se les ve bien alimentados, con buenas ropas, sí, y es una gloría ver comer jamón a Ana, la niña de Maruja, sí señor, es una gloria verla y escucharla con su lengua de resabia. 

"Más, tío Sergio, dame más jamón, está mu rico" 

"Anita tiene solo seis años pero es más salada que las pesetas. En cambio, Manolito, el niño de Jorge, parece que se ha tragado un palo, más serio y desaborío que su padre. Que ya es decir,  Manolito, con casi nueve años, que ya está hecho un mozo, apenas habla, al llegar, me dio la mano y cuando me incliné para darle un beso como a todos, me dio con la cabeza en la barbilla, ese crío, o lo cuidan bien o se pierde, porque, la ciudad, digan lo que digan, no sirve igual para todos.

Por como hablan tal vez tengan razón, se hayan adaptado bien a la ciudad, y yo que me alegro, a fin de cuentas, ellos viven trabajando de lunes a sábado, hacen sus ocho horitas y limpios y aseados se vuelven a su casa.

"Mírala, tan oronda, dormida como un tronco. Y era ella la que quería que vieramos el programa, que, al fin y al cabo, para una vez que hablan de nosotros, de los del campo... y yo, quitándome horas de sueño para nada, bueno, peor, porque este programa me está poniendo muy malo y me va a dejar en vela el ratico que me eche. Estas cosas me pasan a mí por hacer caso a lo que le dicen las vecinas a Carmen"

Carmen es muy casera, no le gustan los ruidos, ni  las fiestas del pueblo y eso que le digo siempre que salga, que de lo demás ya me encargo yo, pero nada, a ella no le gusta salir de noche, y menos, sola.

 Mientras Carmen duerme acurrucada a su lado, él se ha enterado algo de cómo se hacen las labores del campo a través de los ordenadores. No como lo hace él, con las manos, el ojo entrenado y el corazón puesto en la tierra dejándose llevar, con la  esperanza puesta en que el tiempo facilite una buena cosecha.

No entiende muchas de las palabras que dicen y le cuesta seguir el ritmo del debate. Siente un extraño calor en las entrañas cuando escucha que, a través de los ordenadores se pueden solicitar ayudas, hacer trámites... comprende, con dolor, que eso es  para los que se han espabilado, para los que saben navegar por el internet ese.

 Mira a su mujer y se alegra de que se haya quedado dormida, así no tiene que discutir nada con ella sobre el tema, se le ha puesto un nudo en el estómago y le ha entrado prisa por irse a dormir, aunque no se atreve a despertar a Carmen.

Va a la fresquera y se sirve un vaso de leche bien fría mientras piensa apesadumbrado:

 "¿Qué futuro me espera a mí, que nunca aprendí a teclear una palabra en un ordenador?"

 "Tenía que haber ido al Instituto de Guijuelo, si lo hubieses hecho, otro gallo me cantaría ahora, tal vez habría aprendido todo eso de lo que hablan los señoritos de corbata, o estaría en otro lugar. Pero, ¿Quién iba a pensar hace treinta años que esto iba a ocurrir?. A fin de cuentas ¿De qué puedo quejarme?Respira hondo, quiere pensar como su padre, el señor Rogelio.

"Hijo, ten siempre presente lo que te digo: del campo sale la despensa de los de la ciudad, todo eso que dicen, todo, son zarandajas, tonterías de gente ociosa".

Eso diría su padre, el señor Rogelio que en paz descanse.

"Era sabio el señor Rogelio, sí señor, era muy sabio para haber ido poco a la escuela"

 "La vida en el campo ha sido siempre su vida y en el campo ha sido y es feliz, ¿O no? No, esos señoritingos de la televisión le han emponzoñado la cabeza con esas tonterías, todo eso no son más que zarandajas, cuentos, cosas que se dicen para llenar horas de televisión, cosas de las ciudades, en las ciudades dicen que se vive  bien, pero, también hay hambre, calamidades y problemas de los que ellos están libres...  por el momento".

Carmen ha despertado, se estira y bosteza con estrépito, luego, le llama: 

"Sergio, ¿Te has enterao de algo? Yo creo que me he quedao un momento traspuesta..."

Sergio sonríe,  vuelve sobre sus pasos con el vaso de leche en la mano  y murmura sonriendo: 

"Sí, Carmen, sí, te has quedado traspuesta en la parte mejor, pero, ya me he enterado yo, ya, no te preocupes, mañana llamamos al chico, tengo que preguntarle si desde su ordenador se pueden hacer esas cosas qué nos cuenta la televisión  de esas ayudas y a ver si nosotros también podemos solicitarlas, pero, para mí, que son zarandajas, tonterías... palabras huecas... Anda, vamos al catre que mañana hay que madrugar..."

"Claro Sergio, claro. Nosotros tenemos las tierras y el ganado. Y eso vale mucho, ¿no? además, ahora con lo de la crisis... tener la panera llena es bueno ¿no?".

"Sí, Carmen, sí, anda, vamos a dormir un rato que se me hace muy tarde y hay mucha tarea por hacer mañana... las vacas no se ordeñan solas,  ni el cereal entra en el granero sin ayuda... Hay que bregarlo mucho cada día".

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