El secreto de Lucinda
El Secreto de Lucinda
José Luis RAMOS
Mi vida con Lucinda era tranquila, nos limitábamos a hacer un par de viajes al año para salir de la rutina en las fechas que yo acordaba con mis compañeros, el resto, pasear, ir al cine, ver televisión al anochecer o alguna cena de amigos de vez en cuando, yo era feliz así, no esperaba más ni esperaba más de la vida. Vivía felizmente enamorado de Lucinda y no teníamos hijos ni problemas económicos, nuestra relación sexual era sólida y sin sobresaltos.
Todo cambió una tarde en que al llegar del trabajo, me sorprendió vestida de fiesta y con una cena con flores y velas, me pidió que fuese a la ducha y me arreglase, que teníamos algo muy importante que celebrar, gratamente sorprendido, le di un beso en los labios, y me dirigí al baño para cumplir como se esperaba de mí.
En veinte años no habíamos tenido lugar una cena íntima pero, esa noche, al parecer, iba a ocurrir algo especial.
Me duché y arreglé y media hora más tarde el salón estaba tal y como lo había dejado, Lucinda fumaba un cigarrillo, no solía fumar nunca, todo estaba en orden, las flores, las velas y Lucinda acicalada como nunca, se mostraba muy feliz.
Cuando me acerqué a ella, antes de que pudiese decir nada me informó:
-Cariño, ha llegado esta carta, la tenía en sus manos, era un sobre abultado de tamaña folio, lo apretaba contra su pecho-, llevo horas esperándote para darte la noticia y no he tenido paciencia para esperar, perdóname, la he abierto, no creo que te moleste, ¡es una gran noticia! ¿Cenamos y luego la lees?.
Los ojos de Lucinda, reían y brillaban, como sus labios. Por eso, respondí sin pensar.
-Si es una gran noticia ¿Para qué esperar? Dime lo que sea, por favor.
Fue entonces cuando, sin dejar de sonreír, me tendió la carta llena de papeles grapados, cuando tuve la carta en mis manos, noté un leve temblor en sus labios, no le di importancia, a medida que iba leyendo y dejaba las hojas, ordenadas en un rincón junto a la botella de champán que nos esperaba. Observé con sorpresa que no figuraba mi nombre en el sobre, solo la dirección, desde el primer renglón comprendí que aquellos documentos iban dirigidos a otra persona, que no podían ser para nosotros, la destinataria era una tal Adoración Vergara Salinas, miré a Lucinda que se limitaba a sonreír.
¿Qué teníamos que ver nosotros con esa tal Adoración? No entendía nada. Pero, al ver la cara de alegría de Lucinda y como me sonreía me invadió una sensación de ahogo, ¿Qué tenía que ver esa carta llena de contratos y un Acta Notarial con la alegría de Lucinda y concretamente conmigo si esos papeles debían estar en poder de esa tal Adoración Vergara?
-Cariño, esto no tiene ni pies ni cabeza, aquí habla de una herencia que alguien debe recibir de su padre fallecido hace unos meses, ¿Qué tiene que ver esa tal Adoración Vergara con nosotros? y sobre todo ¿Por qué y como ha llegado a nosotros y por qué estás como si nos hubiese tocado el gordo? No entiendo nada.
-Déjame que te explique, Agustín, déjame que te explique... Yo... bueno... -Ahora, tartamudeaba, trataba de evitar mi mirada, pero, tras unos segundos de silencio que se me hicieron eternos, dijo: "Yo soy Adoración Vergara y esa herencia es de mi padre, que, al parecer, ha fallecido hace unos meses en Cádiz... seguro que el notario ha tardado todo este tiempo en localizarme, ¿Cómo te diría yo? Esa herencia... es nuestra, es... mía, en cuanto se materialice... podremos vivir como nos merecemos, tú, cariño, no tendrás que trabajar en esa oficina que odias y..., en cuanto yo reciba oficialmente las propiedades de mi padre... podremos hacer lo que nos venga en gana.
Miré aturdido a Lucinda, bueno, a Adoración, bueno, a mi mujer... y una idea extraña me sobrecogió como un latigazo... Lucinda, o Adoración, o quien fuese ¿era mi esposa? ¿Valían los votos matrimoniales con nombre falso? ¿Podría creerla de ahora en adelante si me había engañado en algo tan serio? Tenía que ser un sueño, no, no y no, allí estaba ella, de punta en blanco, feliz y los papeles que acababa de leer estaban junto al champán y también eran reales, los había tocado, los había leído.-Me limité a decir:
- Lucinda, o Adoración,... Cualquiera que sea tu verdadero nombre... ¿Tú quieres seguir casada conmigo?
-Pues claro, tonto, yo me cambié el nombre y vine hasta Salamanca escapando del marido de mi tía Gertrudis,,, los tíos vivían con nosotros, con mi padre y conmigo, en casa de mi padre... ¡Qué en paz descanse! Yo había notado que el tío Manolo me miraba con ojos de querer... vamos, que el muy canalla pretendía lo que otros hombres ya habían pretendido antes, pero él lo tenía más fácil al estar todos bajo el mismo techo y... el muy ladino llegó al extremo de meterse en mi cama mientras yo me arreglaba en el baño y al salir envuelta en una toalla y verlo debajo de las sábanas, tal y como estaba, salí corriendo a refugiarme en el dormitorio de Conchita, nuestra ama de llaves, pasé la noche con ella y, la pobre, me convenció de que debía decirselo a mi padre y... ¿S sabes lo que pasó? Pues, que mi padre no me creyó, ni a mí ni a Conchita, de hecho la despidieron por difamar al señorito Manolo... Lo que te digo, ni mi padre ni la tía Gertrudis creyeron una sola de mis palabra... por eso escapé, vine a Salamanca, estuve trabajando de camarera en clubs nocturnos porque, reconocerás que monilla si que soy, allí, mis jefes, un matrimonio alemán muy majo, me dijeron que debía cambiarme el nombre y, la verdad, para mi trabajo de entonces Lucinda era un nombre mucho más apropiado... Allí te conocí aquella noche que fuiste con tus compañeros de oficina a tomar "la última", o eso, al menos, fue lo que dijiste ¿recuerdas? tú sabes que fuiste y eres... mi salvación. Por eso y por los veinte años más maravillosos del mundo, no voy a dejarte, al contrario, ahora seremos mucho más felices...-Se llevó la mano a la barbilla pensativa-, Lo que no acabo de entender es cómo han podido encontrarme veinte años después si no me he comunicado con ellos ni una sola vez ni siquiera por teléfono... pero no hay cuidado... ahora el tío cochino tiene que estar muerto, de vivir, tendría ochenta y tres años y la tía Gertrudis más aún, sí, sí, seguro que ya están muertos. Créeme cariño, No fue nada fácil mi vida hasta que te encontré, tú has sido y eres lo único bueno que he tenido en mi vida... Aunque te cueste creerlo, por lo que representan estos documentos, he sido muy feliz contigo y ahora lo seremos mucho más al recibir las propiedades de papá... Anda, deja todo eso y celebremos nuestra buena suerte, mañana mismo llamaré a Cádiz para pedir cita con el notario... Anda, cariño, vamos a cenar y a celebrarlo, compré champán... ¡Y el más caro!
Mientras Lucinda hablaba, mi mente daba vueltas como una noria en la que se mezclaban algunos momentos vividos en estos veinte años, buenos y malos, nuestra vida, como la de cualquier otro matrimonio.
Lucinda me miró fijamente, y por un instante, descubrí en sus ojos que estaba profundamente enamorada, no dijo nada, solamente se tumbó con coquetería y una sonrísa pícara en el tresillo, estaba tan sugerente que yo apenas me atreví a mirarla:
Mientras, mi mente era un torbellino de dudas, Lucinda me provocaba, quería solucionar aquel desbarajuste con un escarceo de fin de semana.
Yo quería creerla, aceptar lo que proponía, estaba enamorado de aquella mujer, era mi Lucinda, mi amor desde los treinta años. Tenía que seguir viviendo con ella fuese quien fuese.
Tomé la botella de champán, la abrí con un fuerte estampido que estuvo a punto de costarnos la lámpara de lágrimas que nos regaló mi madre el día de nuestra boda, y bebí un largo trago. Después, me acurruqué junto a ella y, dos horas después... Todos los sentimientos encontrados, los miedos, las incertidumbres, se habían disipado por completo, nos sentamos a cenar, yo ya no era el mismo hombre que había llegado a casa del trabajo aquella noche, era otro hombre, y ella otra mujer, Adoración, ¡qué más da!, lo importante era que nos queríamos y aquella persona a la que no podía dejar de amar, iba a ser muy rica, ibamos a ser muy ricos los dos y nos amábamos.
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