EL CLARO DEL BOSQUE

 

El claro del bosque

Un cuento del abuelo Pepe, para sus nietos Julia y Olmo.

Grandes aventureros.

Aquella calurosa tarde de verano, estaban, como de costumbre, presumiendo de sus habilidades, un zorro, un búho y una ardilla  en un claro del bosque y bajo la sombra de un viejo roble, el búho,  escuchaba  desde la copa de su querido amigo el roble.

—Yo soy el más veloz de todos —presumió el zorro, moviendo su cola con orgullo—. Nadie puede alcanzarme.

—Velocidad no es todo, amigo zorro —respondió el búho desde la rama más alta—. Yo veo todo desde aquí arriba, incluso en la oscuridad. ¡Por tanto, yo soy el más sabio!

La ardilla, que roía una nuez cerca de ellos, intervino con energía:

—¡Qué presumidos! Yo soy la más hábil. ¿Acaso alguno de vosotros puede saltar de árbol en árbol como yo?

El zorro frunció el ceño, el búho infló el pecho, y la ardilla alzó la barbilla, pero antes de que pudieran seguir discutiendo, un ruido en el follaje los hizo detenerse. Entre los arbustos aparecieron un mono y un niño.

-¿Quiénes sois vosotros? —preguntó el zorro con desconfianza, enseñando los dientes.

El búho los miró con curiosidad.

—No parecen de por aquí.

—¡Y no son como nosotros, no parecen ni ardillas, ni zorros, ni búhos! —añadió la ardilla, nerviosa.

El niño miró a los animales con ojos grandes y asustados. Parecía querer hablar, pero no le salía la voz.

—¿Y tú cómo te llamas? —insistió el zorro, acercándose un poco.

El niño murmuró algo incomprensible. El mono, nervioso, empezó a saltar a su alrededor.

—No tiene nombre —dijo la ardilla, cruzándose de brazos—. ¡Es un humano!

—¿Un humano?… —repitió el búho, pensativo—. He oído algo sobre ellos. No viven en el bosque, así que ese humano  no debe estar aquí.

—¡Mejor que se vaya con sus padres! —dijo el zorro, dando un paso atrás—. No queremos problemas.

El niño bajó la mirada, y el mono se acercó a él, abrazándolo con fuerza. Finalmente, el humano habló:

—Yo…  no tengo a dónde ir. —Su voz era suave, pero se notaba que estaba triste—. Mi familia viajaba en un camión con ellos…  Ellos… caza elefantes.

—¿Elefantes? —preguntó el búho, alarmado—. ¿Para qué?

—Para venderlos —explicó el niño con tristeza—.Iban muy rápido y  hubo un accidente. El camión volcó. Cuando desperté, todos se habían ido. Solo me cuidaba el mono.

Los tres animales intercambiaron miradas.

—¿Y qué estáis haciendo aquí? —preguntó la ardilla, todavía desconfiada.

—Buscamos la salida del bosque —dijo el niño—. Solo queremos ir a un lugar seguro… y buscar a mi familia.

El mono asintió, entonces, hubo un momento de silencio. El búho fue el primero en hablar.

—Tal vez hemos sido demasiado duros —admitió—. No parece que quieran hacernos daño.

—Además —añadió la ardilla—, si no se quedan con nosotros, con los peligros que hay en el bosque…  podrían meterse en problemas. El bosque no es fácil para quienes no lo conocen.

El zorro suspiró y se acercó al niño y al mono.

—Está bien. Está bien, - dijo con voz fuerte y segura-, Les ayudaremos a encontrar el camino. Pero una vez que salgan, tienen que prometer que no volverán al bosque.

El niño asintió con fuerza.

—Lo prometo. Lo prometo.

Los animales comenzaron a guiar al humano y al mono hacia el final del bosque, pero caía la noche y solo tenían la luz de la Luna. Y, aunque al principio eran tan diferentes, durante el camino fueron descubriendo que podían  ayudarse mutuamente.

Esa calurosa tarde de verano, el claro del bosque fue testigo de cómo aprendieron a cuidarse unos a otros.

Cuando se cansaron de la caminata entre los árboles iluminados  por la  Luna. El zorro, el búho, la ardilla, el niño y el mono se sentaron junto a un riachuelo a refrescarse. Después de ayudar al humano a alimentarse con los frutos del bosque que el niño no conocía, todos  se mostraron más abiertos, aunque todavía dudaban algo unos de otros.

—Humano —dijo el búho, que siempre tomaba la palabra en situaciones importantes—, cuando se haga de día te acompañaremos hasta  una carretera muy larga, es probable que alguien  pueda decirte por dónde  buscar  a tu familia.

—Sí —añadió el zorro—. Los humanos pertenecen a sus ciudades,  Es demasiado peligroso  quedarse aquí mucho tiempo.

La ardilla asintió mientras mordisqueaba una semilla.

—El bosque tiene muchas amenazas. No solo el frío y la falta de comida, sino animales que no son tan amables como nosotros.

El niño, sentado con el mono acurrucado a su lado, miró a sus nuevos amigos con una mezcla de tristeza y gratitud.

—Sé que quieren ayudarme, pero… no puedo irme sin el mono. El es ahora mi familia, estuvo conmigo cuando mi familia se fue, y me cuida desde entonces. No puedo abandonarlo.

El zorro levantó las orejas, impresionado por las palabras del humano.

—Eso es lealtad… —murmuró—. No me lo esperaba de un humano.

El búho ladeó  la  cabeza, intrigado.

—Entiendo que quieras quedarte con el mono, pero, ¿qué harás si no encuentras a tu familia?

El niño suspiró y apretó las manos contra sus rodillas.

—No lo sé. Tal vez… tal vez podría volver con vosotros, estoy a gusto. Me siento seguro. Si vienen conmigo a buscar la carretera, quizá podamos enfrentarnos juntos a lo que venga.

—¿Ir contigo? —preguntó la ardilla, dando un salto hacia atrás—. ¡Eso es una locura!

—¡O una aventura! —añadió el zorro, agitando la cola, claramente entusiasmado con la idea.

El búho se ajustó las plumas, pensativo.

—Nos estás pidiendo mucho, humano, pero… hay algo que no puedo negar: aquí, en el claro, hemos aprendido que, aunque todos  somos muy  distintos, juntos somos más fuertes. Si decides quedarte un poco más, nosotros también podemos ayudarte a aprender del bosque. Y cuando estés listo, saldrás de aquí con más posibilidades de éxito.

El niño sonrió con timidez.

—Gracias. Si algún día debo irme, quiero saber que podré regresar a este lugar. Aquí me he sentido feliz.

El mono, emocionado, trepó por el hombro del niño y lanzó un chillido de alegría, como si estuviera de acuerdo con todo.

Esa noche, el claro del bosque estuvo más lleno de vida que nunca. Y aunque nadie sabía qué les iba a ocurrir, todos compartieron el calor de una amistad que, como la luz de la Luna, iluminaba incluso los rincones más oscuros del bosque.

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