ENRIQUE

 

Enrique amaneció desnudo y sin dientes, tardó bastante rato en reaccionar, sus ojos eran una masa informe de legañas pegadas a los párpados de los que nacía hasta la nariz un reguero reseco, se le habían secado las lágrimas.

Le dolía horriblemente la cabeza, su boca no era más que un pozo oscuro de sangre reseca de horas. 

Intentó pensar pero no era capaz, solo sentía aquella tirantez en la cara, la boca, reseca, no la podía cerrar, el dolor se le hacía irresistible, dejó pasar unos minutos antes de tener las fuerzas suficientes para hacerse cargo de su situación pero aquella semioscuridad no ayudaba, luego, cuando los ojos se adaptaron, descubrió un espejo roto en la pared que quedaba frente al jergón en el que lo habían arrojado, sacando fuerzas de flaqueza, muy poco a poco, fue consciente de lo que le ocurría, el intenso dolor de cabeza, aquellos latigazos en la nuca, el escozor de los ojos...

De pronto recordó, le habían dado una paliza y no recordaba más que los pies de los tres hombres que le derribaron en la calle... después, todo fue oscuridad.

Estaba en un lugar, lóbrego, maloliente, tirado desnudo sobre un jergón, con los  ojos, semicerrados, la nariz atascada de mocos resecos, la boca, informe, como un pozo rojo oscuro.

Una intensa angustia se abrió paso en su estómago, creyó que iba a vomitar, pero no, un aterrador grito escapó desde lo más profundo de sus pulmones.

Cuando se hizo el silencio, a  su mente, como si alguien le hubiese dado a la llave de contacto, acudieron algunas imágenes que se superponían entre sí,  en el centro de todas, la cara de aquella chica, morena, de cabello negro y ojos verdes que le hablaba dulcemente, pero Enrique no oía nada, era unas imágenes de cine mudo,, tardó un tiempo, quizá solo algunos segundos pero que a Enrique se le hicieron eternos,  de pronto, todo estuvo claro, paseaba con Martita por la calle Zamora, se habían conocido aquella tarde, habían pasado las horas rápidamente bebiendo algo, canturreando en un karaoke y la acompañaba a casa cuando aquellos tres jóvenes, fuertes como leñadores, con unos palos largos y gruesos como bates de beisbol se abalanzaron sobre él golpeándole hasta que perdió el conocimiento.

Ahora estaba en aquella habitación, tumbado en aquel sucio jergón, desnudo, lleno de sangre... y con todo el cuerpo magullado, sobre todo, la cabeza, la cara y el hueco vacío de la boca.

El silencio lo rompió aquella voz, ronca, aguardentosa que no sabía de dónde llegaba.

-P´a que vayas besuqueando a las mozas,  p´a que güelvas... 

Armándose de valor, Enrique preguntó, con una voz que no reconoció en absoluto:

-¿Qué  demonios vais a hacer conmigo, canallas?

-N´a, nosotros n´a, tú bebe agua y espera... y cuando te veas con ánimo p´a comer algo... pos eso, nos llamas y pan y chicha no te va a faltar... pero bebe algo, no nos agotes la fiesta demasiado pronto... ¿Me se entiende?...

Enrique entendió, no era oportuno irritar a aquel hombre, con mucho esfuerzo consiguió volverse y entonces, descubrió un garrafón de cinco litro de aceite COOSUR lleno de un agua que no parecía muy limpia al alcance de su mano, aquella garrafa le hizo tomar conciencia de lo que le esperaba. Estaban locos, él no había molestado de ningún modo a Martita, al contrario... Fue entonces cuando un escalofrío de miedo recorrió su espina dorsal.

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