La despedida de papá.

 

La despedida de papá.

                         JOSE-LUIS RAMOS


Aquella cena de Nochebuena no habría debido tener lugar. Llamó Amelia cuando llegaba yo de la oficina y me disponía a comer, la atendí, bien  lo sabe Dios, de muy mala gana. Vienes cansado, te preparas algo para comer, solo y encima la lasaña se enfría.

-¿Ya sabes lo último de papá?

-Yo también te quiero Amelia, ¿estás bien?

-Perdona hijo, buenos días, estoy en un sin vivir ¿A quién se le ocurre más que a papá invitarnos a todos a su casa a celebrar la Nochebuena... cuando lleva a verduras y sopas no se sabe cuantos meses... No lo entiendo, Carlos, no lo entiendo...

-Eso es que le han dado ya el diagnostico. ¿no crees?

-Pudiera ser, sigue con lo que estuvieras haciendo,  hemos quedado a las nueve en su casa.

-¿Y de traje?

-¿Qué dices de traje? Nada, decentitos y punto.

-No, que si vamos a comer lo que llevemos, ya sabes que mamá no está para ese desacarreo de otros años, se la ve perder de día en día, no acepta bien lo de papá, al menos, eso pienso yo...

-No sé, seguro que mamá ha preparado algo, ella no está a régimen ni nada.

Sin más, colgó. Amelia las gasta así, y más desde que se dejó con Marcelo porque no estaba dispuesta a  quedarse embarazada...

2

A las nueve en punto nos vimos  en el portal, Amelia, con una amiga, una tal Gloria, monilla pero sin nada especial y que miraba a Amelia con un arrobo que me escamó.

Felipe, mi hermano pequeño, de sport como siempre,  trabaja en un concesionario de automóviles y nunca ha querido saber nada de lo que concierna a los padres. "Yo -suele decir-, lo que gano, me lo fundo en viajes y ya está... nada de líos, nada de compromisos, a salto de mata es como mejor se vive", llevaba una botella de cava catalán y una caja grande de turrones surtidos,  pero Amelia y Gloria iban con lo puesto, lo mismo que yo.

Nada más picar al timbre nos abrió mamá, con cara de circunstancias, arreglada de peluquería y con un vestido azul ceñido que la hacía aún más delgada.

-Pasad, pasad, vuestro padre está en el sillón de orejas, como siempre. Miró de arriba a abajo a Gloria y les dio dos sonoros besos en la mejilla a las dos. Los besos sonoros de mamá son más falsos que Judas.

Efectivamente, en el sillón de orejas, mirando por la ventana, de espaldas a nosotros, estaba papá, en bata y zapatillas... Mi padre nunca ha sido un dandy, pero... en Nochebuena, qué menos que un traje o un conjunto informal de chaqueta y pantalón haciendo juego y una camisa blanca... vamos, ¡qué menos!, aunque esté malucho y todo eso...

Cuando papá se digna volverse nos repartimos besos unos a otros y Amelia presentó a Gloria como una compañera, una compañera, sin más, nada de si era de la oficina, de juegos, de viajes, de excursiones... nada, una compañera y punto.

Mamá, con sus miradas de soslayo a Gloria y los gestos de inteligencia con Amelia había calentado bastante el ambiente, el único que no parecía interesarse por nada era Felipe, por mucho que Amelia se hiciera la despistada, estaba claro que a mamá no le hacía ninguna gracia la presencia de Gloria.

Tanto Gloria como los demás mirábamos extrañados a papá que acababa de darse la vuelta y acercaba el sillón a la mesa grande del salón. Todavía no había abierto la boca.

Tras bendecir la mesa mamá con un cuchicheo ininteligible comimos en silencio el primer plato, cardo con almendras, muy bien guisado por mamá, después Amelía y Gloria pasaron a la cocina con la bolsa de turrones de Felipe y papá habló por fin:

-Esa chica que trae Amelia, ¿Os la ha presentado antes? Es que a mí me da en la oreja que es algo mas que amiga de Amelia ¿no os parece?-dijo papá-

En ese momento, sin dejarnos decir "esta boca es mía" aparecieron Gloría y Amelia con una fuente adornada con la Flor de Pascua y un surtido de dulces, mazapán, turrón de todas clases y el cava que había traído Carlos.

-Te hemos oído papá -dijo Amelia muy firme-, os lo iba a contar a los postres pero ¡Qué más da!, Gloria es mi pareja, no hay por qué ser puritanos a estas alturas. O sea que tienes razón papá.

-¿Y Marcelo?-insistió papá un poco acalorado.

-Marcelo me enseñó que se puede amar con toda la pasión del mundo, pero no a él -respondió Amealia tomando asiento al lado de mamá.

-Ya, ya, que sois una pareja abierta...-insistió papá.

-No papá, no, Marcelo se fue, bueno, cortamos, ahora y espero que por mucho tiempo... somos pareja Gloria y yo. Lo de Marcelo solo sirvió para aclarar mis ideas.

-Vale, hija, vale, no sigas que no estoy para nada y tengo que hablaros muy en serio... -dijo papá intentando apaciguarse-.

3

La segunda parte de la cena duró poco, todos estábamos deseando que aquello acabase cuanto antes, dimos buena cuenta de los turrones, frutas escarchadas y mazapanes en menos que se dice y cuando Felipe se levantó para abrir el cava, papá, levantó la mano y dijo con voz un poco atiplada.

-Espera un momento, Felipe,  antes de brindar quiero deciros algo importante... al menos para mí...

Se hizo un silencio que asustaba, Felipe dejó la botella sobre la mesa y se sentó tan expectante como los demás, tras una pausa de casi un minuto, papá continuó:

-Tengo cáncer de pulmón.- nos miramos unos a otros con asombro, mamá se apartó a una esquina y comenzó a llorar como hacía años...-Cuando me partí un brazo con la moto y por poco dejo los sesos en el asfalto-, habían caido aquellas palabras como un jarro de agua-, está comprobado, me han hecho todas las pruebas habidas y por haber y no hay duda...

-Pero eso, con quimioterapia, radio y esas cosas, se cura, ¿no? -interrumpió Amelia agarrando con fuerza la mano derecha de Gloria.

Sin hacer caso a la interrupción de Amelia, papá continuó:

-Yo, como buen Urrutia que soy, igual que vosotros, mis queridos hijos, voy a hacer lo que me da la real gana y...

-Nosotros no hacemos nuestra real gana, papá -interrumpe Felipe, nosotros...

-Vosotros vivís como os place... y ¡a dolor vivo!, Amelia deja a Marcelo porque quiere ser padre, y se une a Gloria... Carlos se queda con la casa del abuelo Antonio y vive su vida sin dar descuentos a nadie, que ya me cuentan los vecinos, ya... y tú, Felipe, no se sabe nunca si estás en París o en Constantinopla, pues yo, una vez que tengo la parca cerca y voy a morir en breve, he decidido no seguir las normas, abandonar los tratamientos, que no son otra cosa que una  condena inútil, y que sea lo que tenga que ser...

Mamá ahora llora amargamente.

-Bueno, de acuerdo, no quieres tratamiento y eso ¿qué quiere decir? Que durarás menos y... -pregunto yo.

-Exacto Carlos, lo he hablado con el oncólogo y he ido esta mañana al notario para que quede por escrito y se cumpla mi voluntad, en un par de meses como mucho vendrán los dolores más fuertes, entonces, nada, calmantes fuertes  y hasta que la patata se pare... ¿Está claro?. Os lo he querido decir a todos juntos para que no queden dudas al respecto, decido sobre mi persona, prefiero vivir menos y mejor que condenado a esas sesiones de tres o cuatro horas de quimioterapia que me irán convirtiendo en una sombra de mi mismo. No sé si lo veis bien o no, no me importa. ¡Ah!, y cuando venga la etapa mala... no quiero veros aquí a todas horas, seguid con lo vuestro y ya está.

Felipe se levantó, se acercó a papá, le dio un beso en silencio, cogió la americana de cuero, fue donde estaba mamá, la abrazó en silencio y salió como había entrado, erguido y aparentando que todo estaba bien.

Tras un largo silencio, que nadie se atrevió a romper, fuimos saliendo todos camino del ascensor.

Papá se fue en abril, con un aspecto bastante aceptable, sin tratamientos especiales, tal como había pedido.



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