TENDRÁS NOTICIAS MÍAS.

 

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                                    José Luis RAMOS

Viernes 6 de la tarde

Aníbal sale de su clase de ciencias, está contento de no tener que dar las  dos últimas porque el Instituto en masa  va a la boda de Fabricio, el profesor de matemáticas, con Alexandra, una chica italiana muy guapa que llegó al Instituto Gloria Fuertes hace un par de años revolucionando a casi todos los menores de treinta años y algún que otro mayor.

Quiere aprovechar esta circunstancia  para ir un poco antes a casa e invitar  a Ana, su mujer, a cenar fuera, ya hace demasiado tiempo que no salen de noche,  está convencido de que la apatía de Ana de los últimos meses, tiene mucho que ver con el hecho de que sus hermanos, Paco y Gabriel, que tienen dos y tres hijos respectivamente, hagan bromas sobre su presunta esterilidad.

Aníbal está convencido de que ese desinterés de Ana por el sexo se debe a la rutina en la que viven.

El hecho de salir para el instituto a las ocho y media y muchas veces ni siquiera llegar  a comer a casa por una razón u otra... le hace pensar que si tuviesen  tiempo para estar relajados y dialogar sobre el tema todo sería más fácil.

Paco y Gabriel, los hermanos de Aníbal, felizmente casados, como repiten  a la menor ocasión, observan, con cierta guasa contenida, como a Ana se le van los ojos tras Rosita, la niña mayor de Paco, que  tiene cinco años y es la mar de ocurrente. Aníbal piensa a veces que ellos podrían tener una niña. o un niño,  más o menos de su edad y  ese es el motivo de sus discusiones cada vez que van a casa de sus padres,  un domingo o dos al mes.

Embebido en estos pensamientos llega a casa con una sonrisa en los labios.

 “Tal vez esta noche, si consigo convencerla, podremos intentarlo, es cosa de soltarse, salir a cenar, bailar, eso es lo que más falta nos hace".

Al entrar en casa todo está a oscuras, un poco sorprendido, no advierte ruido alguno,  huele bien, pero todo da a entender que Ana ha salido.

Se acerca a la cocina en busca de una cerveza con la intención de esperar pacientemente, no es la primera vez que Ana se retrasa, sabe que él no llega hasta las ocho y media y seguro que se ha entretenido pero no tiene la menor importancia.

De pronto, tiene la impresión de que ha oído unos susurros, aguza el oído.

"No puede ser, no puede ser”,

Ahora oye una risa contenida, deja la cerveza sin abrir sobre la mesa de la cocina y se acerca hacía el dormitorio, es de allí de donde parten los ruidos.

“Es en el dormitorio, no puede ser, pero…”

 Se acerca sigilosamente hasta la puerta. Ya no le cabe duda, abre suavemente y lo que ve le hiela la sangre, un calor le sube a la cara, tiene la sensación de que va a marearse, entre las sábanas revueltas, ve a Ana abrazada a un hombre, ambos  retozan entre cuchicheos y risas contenidas.

Cierra con cuidado y retrocede hasta el salón, se deja caer en una butaca y con las manos cubriéndole el rostro intenta pensar.

“O sea que era esto, no tenía necesidad ni interés por el sexo porque estaba saciada”…

Su mente se llena de imágenes y momentos vividos en su matrimonio los últimos tiempos, cree comprenderlo todo. Hurga entre los papeles hasta encontrar el sobre en el que guardan los pocos ahorros que tienen para imprevistos, sin contar el dinero, lo mete en el bolso interior de la chaqueta y sale de la casa, ahora sí, ahora da un portazo despiadado.

Viernes, 6,30 de la tarde.

Ana y Manuel se sobresaltan al oír el portazo. Ana, salta de la cama y corre hasta la puerta, algo le dice que  quizá los ha sorprendido Aníbal y fiel a su forma de ser, ha preferido escapar.

 "Esto tenía que pasar... y ha pasado".

 Vuelve a la habitación, se pone por encima la bata y sale en dirección al baño. Se siente sucia, culpable, su cara, roja como la grana, le arde.

Manuel salta de la cama y va tras ella intentando tranquilizarla.

 “Seguro que ha sido una ventana mal cerrada… Anda, vuelve a la cama, no me dejes así…”

En vista de que Ana ha entrado en el baño pasando el pestillo, Manuel se sienta a los pies de la cama, enciende un cigarrillo, le da un par de caladas y lo tira al suelo, sobre la alfombra, lo aplasta con un pie desnudo, oye parsimoniosamente, sin prisa ninguna, se va vistiendo. En vista de que oye el agua de la ducha y sabe que Ana va a tardar, decide marcharse. Busca en los bolsillos de la chaqueta y encuentra una tarjeta grande, escribe algo  y lo deja en la mesilla. Después, sale y cierra la puerta con cuidado.

La nota dice así:

 “Ana, cariño, en caso de que haya sido tu marido el que nos ha sorprendido, sabes que alguna vez tendría que ocurrir… Si quieres que quedemos para el próximo viernes, me llamas ¿vale? Manolo.”

Cuando media hora más tarde, sale  ya  arreglada de la ducha, Ana ve la nota sobre la mesilla, sin inmutarse, corre a la ventana y la abre de par en par.

“Aquí huele a chotuno”

Coge la nota y la lee detenidamente.

 “¡Qué hijo de puta!, no le importo nada, lo único que le interesa es pasarlo bien conmigo o con cualquier otra, vaya joya, ¡y pensar que había llegado a creer que podríamos tener recorrido a pesar de que él también esté casado!, no quiero volver a verlo ni en pintura, ¡canalla, más que canalla!. Solo piensa en él”

No puede contener los nervios, llena de incertidumbre. Teme la reacción que pueda tener su marido al descubrir que se estaba acostando con otro. Prepara la cena con más detenimiento que nunca, no tiene otra opción que esperar ¿dónde va a ir a buscarlo?

Viernes 7 de la tarde.

Suena el móvil de Ana en la mesa del comedor, se precipita hacía él y comprueba que es Aníbal quien llama, intenta contestar con una voz más o menos tranquila, su propia voz  le suena extraña, como si fuese de otra persona:

  “Sí, dime, cariño”.

“Ana, te llamo ahora porque hace un rato no estabas para que pudiésemos hablar tranquilamente, quiero que sepas que ahora lo sé todo, te he visto con ese… cómo se llame, no necesito más… Ya tendrás noticias mías” 

A continuación cuelga.

Ana no acierta a articular una sola palabra, el teléfono sigue en sus manos unos segundos después de que Aníbal haya colgado. No sabe qué hacer, sabe que su marido es un hombre inseguro, le cree incapaz de cumplir una amenaza, pero… quizás ahora sí lo haga, puede que ahora haya llegado el fin de nuestro matrimonio, está asustada, convencida de su inmenso error, comprende la magnitud de la crueldad de su comportamiento con un hombre que, a pesar de todo, la quería… 

"Dios mío, esto puede ser... el fin de todo..."


Viernes 1O,30 de la noche.

Ana, mira el plato de sopa, ya frío, la fuente con los filetes de ternera y la ensalada que nadie ha tocado,  está adormilada viendo un concurso de televisión al que no presta la menor atención. Decide irse a la cama, en su mente se representan momentos de su matrimonio y otras que se anteponen sobre ellas,  imágenes  terribles, en las que su marido hace un montón de cosas horribles y piensa:

 “¿Qué estará haciendo ahora? No es de trasnochar, seguro que anda por ahí, de bar en bar, no, tonta, tal vez esté  haciendo tiempo para que, cuando llegue, yo ya esté dormida, se deslizará a mi lado como si no hubiese ocurrido nada, Aníbal me quiere, eso está claro, otro no habría huido como él lo hizo, sin escándalo, sin recriminaciones, aunque, realmente, me merezco lo que me haga o diga, me lo he ganado a pulso por tonta, más que tonta, teniendo un hombre como él irme a liar con un golfo como Manolo, no tengo perdón de Dios”

Apaga las luces, cubre la fuente con un paño y lleva los dos platos de sopa y la ensalada al frigorífico, se dirige al dormitorio convencida de que la incertidumbre no la dejará pegar ojo en toda la noche.

Viernes, 11 de la noche.

Aníbal acaba de cenar cualquier cosa en una cafetería de carretera, lleva horas andando, ni siquiera sabe dónde está. A través de la ventana se refleja una luz de neón que anuncia que allí se alquilan camas. Es una cafetería frecuentada por camioneros. Ha bebido demasiado,  no sabe cuánto ni le importa, pone un billete sobre el mostrador y pregunta aparentando indiferencia.

 “¿Puedo pasar aquí la noche?”

El camarero, un hombre gordo y mofletudo, le contesta con indiferencia mientras limpia los vasos con un paño de cocina sucio:

“Arriba, segunda puerta, son veinte euros la noche, sábanas  y toallas como la patena, que no se diga que aquí no se trata a todo el mundo como a reyes…”

Aníbal pone otro billete sobre el mostrador.

 “Cobre lo que sea”

“No, con lo que me ha dado basta, son cuarenta y cinco euros todo"

El camarero deja al lado un billete de cinco euros, arrugado y descolorido”

Sin decir una sola palabra, ni recoger el billete, se dirige a la escalera caminando, con evidentes signos de embriaguez, hacía el piso de arriba donde espera tener un sueño reparador, pero, el alcohol le produce una terrible jaqueca que le hace dar vueltas en la cama durante toda la noche.

Sábado, 11,17 de la mañana.

A la salida de un túnel, el tren de Salamanca a Madrid - Príncipe Pio, da un frenazo que hace que todos, sobresaltados, se asomen, como bultos informes, a las ventanillas en medio de un murmullo de voces que tratan de entender qué ha ocurrido, después de salir de la oscuridad del túnel observan las carreras del conductor, el revisor y los dos agentes de seguridad que han abandonado el tren precipitadamente buscando qué es lo que ha provocado ese estrépito.

En la vía, unos metros más allá, aparecen restos de ropa, los zapatos, un billetero y el cuerpo desgajado de un hombre irreconocible en un charco de sangre, el revisor hace fotos de todo con el móvil, saben que es un hombre por las ropas pero , quien quiera que sea, se ha colocado sobre las vías boca abajo, totalmente consciente de lo que iba a ocurrir.

Los viajeros esperan, unos gritan,  algunas mujeres lloran, pero, a ciencia cierta, nadie sabe que es lo que realmente  ha ocurrido.

Es el revisor el que, al cabo de unos minutos, entra en el coche 1 

“ Nada, señores, que nos han... fastidiado la mañana y posiblemente el viaje, pero, no se preocupen, Renfe solucionará el problema lo antes posible"

"Qué es lo que ha ocurrido"

 gritan algunas personas atropelladamente. 

El revisor se aclara la garganta con un carraspeo y con cierto dramatismo, algo teatral, habla, algo más alto de lo que sería necesario.

 "Pues, ocurre que un hombre se ha echado una siestecita en las vías, precisamente a la salida del túnel,  hay que tener cuajo para hacer eso, y el pobre Alfonso, perdón, el pobre conductor, no ha podido hacer nada para evitarlo, mientras llega la policía o la guardia civil,  y el juez levanta acta de los hechos y depura responsabilidades, se presenta  el juez ordena el levantamiento del cadáver..., no sé, no sé, pero tenemos ya la mañana hecha, no podemos movernos de aquí, ¡Vaya mañanita, señor, señor!, y yo que quería llegar al partido del Madrid- Valencia de esta tarde…"

Dos horas más tarde se reanuda la marcha del tren con destino a Madrid Príncipe Pio.

Sábado 2 de la tarde.

En las Noticias de Castilla y León de las dos de la tarde, la noticia más importante es: “Un hombre de unos 30 años de edad, ha sido arrollado por el tren de Salamanca a Madrid", a la salida de un túnel a la altura de Avíla, según la documentación que se ha encontrado en los alrededores del siniestro, se trata, al parecer, de Don Aníbal del Río Martínez, profesor de Ciencias Naturales del Instituto Gloría Fuertes, por el momento se desconocen los motivos de tan luctuoso hecho, el juez de guardia Don Lorenzo Mendoza de la Hoz,  ha ordenado el levantamiento del cadáver y el secreto del sumario. De todos modos, las investigaciones llevadas a cabo por la Guardia Civil  están aún en fase de investigación.

 

Sábado 4 de la tarde.

Ana se sobresalta al oír el móvil, no ha tenido animo ni fuerzas para levantarse de la cama, su estado de ánimo denota toda la desolación que se ha ido apoderando de ella a lo largo de la noche,  descuelga sin mirar quien la llama, con la esperanza de oír la voz de Aníbal aunque sea ofendido y tal vez agresivo, todo lo da por bien merecido, pero no, es la voz de Manuel la que la deja totalmente anonadada: 

“Ana,  ¿A que no adivinas dónde ha aparecido el tontainas de tu maridito?”

Sin transición, con la más cruel de las indiferencias, se responde a sí mismo:

“En las vías del tren a la salida de un túnel en las proximidades de Avíla, ¿Qué te parece?”

“Que eres un canalla sin sentimientos ni entrañas… ¡perro maldito!, que eres de un cinismo que espanta…!

“Natural, tu Aníbal siempre ha sido muy de hacer las cosas a lo grande”.

Sin más colgó el teléfono dejando a Ana en un mar de lágrimas.      

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