CLARITA, MARUJA Y ¿Qué pasó después?

 






CLARITA, MARUJA Y ¿Qué pasó después?

-¿Y qué pasó después?

-Bueno... ¿Te acuerdas que cuando Clarita y Maruja volvieron a casa se encontraron con que la madrastra y su hija Blasa se habían acostado llenas de vergüenza porque habían detenido a Teresa en la fiesta de los Marqueses de Moquilandia?

-Sí, y salieron en el periódico las fotos del baile de gala y se veía como bailaban Cenicienta, bueno Clarita, y su amiga Maruja con los chicos más guapos de la fiesta y durante unos días ni la madrastra ni su hija Blasa se atrevieron a reñir a Clarita por no limpiar y limpiar toda la casa, bueno casa, un verdadero palacio lleno de habitaciones y pisos y pisos y ventanas altas, muy altas... y pasillos, y cuartos de baño... y, bueno, que después de la fiesta en el Palacio de los Marqueses parecía que la bruja de Teruca, la madrastra, se había hecho buena, pero buena de estar todo el día con el cariñito, cielo, ricura, encanto... Era de un empalagoso imposible... Clarita no daba crédito a lo que estaba pasando allí, se lo comentó a su amiga Maruja de ventana a ventana desde su caserón a la casa, más pequeña, de Maruja y la amiga se hacía de cruces, no acertaba a comprender nada, por eso, cuando salieron al paseo, le cuchicheó al oido.

-Mira Clarita, a mí me extraña mucho, pero mucho, tu madrastra nunca ha sido de cariñitos y besitos... algo están tramando. Seguro. Tú, estate atenta y ya verás como al final se descubre el misterio.

-Vale, Maruja, tendré cuidado...

Y ocurrió, claro que ocurrió, una tarde de invierno, cuando ya oscurecía, volvió a casa Tomasa y la madrastra se puso muy contenta al recibirla, a pesar de que venía con el vestido sucio, el pelo hecho una cuerda y la cara pálida, como de no haber visto un plato de espaguetis en años. Y todo cambió.

Primero cuchichearon mucho durante toda la noche, Clarita sentí los cuchicheos desde el pasillo y la luz encendida toda la noche en la habitación de la madrastra y luego, por la mañana, como si hubiese pasado una gran tormenta aparecieron, como por arte de magía, los pasillos llenos de agua, las mesas descolocadas, los cubiertos de plata en el suelo, en fin, como si hubiese pasado por la casa la mayor de las tormentas y sonó la voz de TERUCA, la madrastra.

-¡Cenicienta...! ¿Dónde estás? ¿Dónde te has metido? No va a servirte de nada, vas a trabajar y trabajar hasta que la casa quede como los chorros del oro... Venga, bayeta y estropajo al canto.

Clarita, o sea, Cenicienta, no tuvo más remedio que ponerse la ropa vieja y descalza y todo, empezar a limpiar el suelo de rodillas, escurrir el agua con una bayeta y echar todo el agua en el cubo, una y otra vez, todo el día estuvo así hasta que, ya oscurecido, se veía la casa casi bien, casi, porque faltaba limpiar la plata que, Clarita no sabía como podía haberse ensuciado si hacía unos días que la había limpiado y brillaba como espejos.

No le dio tiempo ni a preparar cena, se quedó dormida de cansancio en un butacón del salón de invitados y allí apareció por la mañana cuando llamaron a la puerta.

Como no había nadie levantado en la casa tuvo que ir, frotándose los ojos de sueño, a abrir la puerta.

Ante ella apareció el joven con el que había estado bailando en la fiesta y Clarita se ruborizó asustada, le daba mucha vergüenza que aquel joven la viese con aquellas ropas tan pobres y recién levantada.

Pero, el joven, marqués de Moquilandia, la saludó como si fuese una chica preciosa, con una gran sonrisa y los ojos brillantes de alegría por haberla encontrado.

-Señorita Clarita... ¡Cuánto me alegra haberla encontrado al fin, llevo desde la fiesta buscándola para entregarle su bolso...

-¿Mi bolso? No comprendo, de qué me está hablando joven. Yo no...

-Sí, su bolso, el que le robaron en la fiesta. Aquí lo tiene, y encantado de haberle sido de ayuda.

-Muchas gracias, joven -dijo Clarita tartamudeando un poco por la sorpresa, mientras tendía su mano al joven para recibir un bolso que nunca había visto y que, según aquel joven tan apuesto, era suyo.

-¿Me permitiría pasar esta tarde a recogerla para salir a dar un paseo? Sería un gran honor para mí.

-Sí, bueno, no sé. -dijo Clarita en un susurro.

-Bien, pues, ¿le parece a las cuatro y media? Es que, después... como anochece tan pronto.

-Bien, de acuerdo, a las cuatro y media estaré lista.

-Muchas gracias, gentil señorita, a esa hora estaré a recogerla.

Cuando el joven se marchó después de saludarla con una inclinación de cabeza, Clarita se quedó un rato muy sorprendida.

La madrastra y sus hijas habían escuchado todo y cambiaron de comportamiento.

-Ceni... digo, Clarita, pasa al comedor, vamos a desayunar, ya me ocupo yo... de todo.

Aquella tarde vino el joven marqués a recoger a Clarita, y pasearon y hablaron y hablaron y todas las tardes volvió a ocurrir hasta que al año siguiente. Cenicienta, digo, Clarita, se casó con el joven Guillermo Tremadol, marques de Moquilandía e invitaron a la boda a las hermanastras de Clarita y a la madrastra, pero, la pobre señora se puso muy mala, muy mala y como no podía salir de cuarto de baño de lo mala que estaba, no pudo ir a la boda.

Y pasó, así, de un momento a otro, de ser Cenicienta a marquesa de Moquilandia para muchos muchos años.

Y colorín, colorado... Este cuento ha terminado.

 

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