La despedida.

 La despedida

  


Hacía lo menos dos meses que Tomás se había enterado de "lo de Jaime" pero no había encontrado momento para acercarse a verlo, momento y ánimos, no es plato de gusto ir a ver a un amigo de vinos y tertulia en ese estado que le han dicho que está.
-Tu verás, Tomás, pero el panorama es de agarrate que vienen curvas, más o menos, y ojalá me equivoque, está en las últimas.
Por eso, cuando Tomás se acercó a ver a su amigo Jaime, tuvo que hacer de tripas corazón y respirar hondo. No le habían mentido, no.
Jaime esta en penumbras y Tomás no logró ver nada en un primer momento, solo un rancio olor a cerrado y a medicinas, después,  poco a poco, va descubríendo, con mucha pena, la amarillenta cara de su amigo, su delgadez extrema, la mirada perdida en un punto indefinido. Se acercó a la cama y le dió, mirando para otro lado, una palmadita en el hombro, luego, tomó asiento en la silla que había a los pies de la cama,  es todo el saludo, que cruzan los viejos amigos de tertulia y vinos, la entrecortada respiración del enfermo es el único ruido de la habitación, Tomás, se siente violento, piensa que no es oportuno, que quizá Jaime agradecerá más que le dejen tranquilo en su duermevela,  una voz ronca, extraña para ambos, susurra:        
-Agradezco mucho tu visita Tomás... –hay un silencio-, mucho, porque ¿sabes? Se hace muy duro verse en las últimas, es que, ... esta soledad... esta soledad...
Tomás,  duda antes de responder.
-Alguien, no sé, cualquiera, comentó en el café...
-Que tengo cáncer... -le interrumpe Jaime-. yo, como puedes comprender, lo supe hace algunos meses pero... hasta que no he perdido... las fuerzas, las defensas... ha sido cuando he notado la presencia de la Vieja Dama detrás de la puerta...-hace una pausa- ansiosa por pasar a buscarme... no he querido que supierais nada... pero ya.... como que no importa, apenas tengo ánimos para estar aquí, postrado, con la luz apagada, acunándome en los viejos recuerdos...
-¿Recordar? ¿Y que te gusta recordar? Jaime.
-Todo. Mi vida, las cosas que he hecho, las que debí hacer, la ruptura con Carmen... que nunca debió ocurrir... las veces que he abofeteado a mi hijo Javier, las cosas que no hice... por cobardia... Ahora, cuando ya es tarde... ¿sabes una cosa?  si hubiese sabido que terminaría así....
-Lo sabemos, Jaime, nadie nos oculta  que estamos de paso...
-Sí, pero no queremos pensarlo... Yo, solo pensaba en mis proyectos, cada mañana me encerraba en el despacho... el despacho..., ahora me estorba, ¿sabes? tan lleno de papeles... ahora me estorba todo...
Tomás hace intención de incorporarse de los pies de la cama.
-No, Tomás, por Dios, no lo tomes al pie de la letra, te agradezco mucho tu visita... estoy muy raro, perdona... Es cuestión de soberbia, yo, cuando me lo dijeron, me juré que  podría con el cáncer... siempre he podido con todo... pero cuando el otro día, el doctorcillo, calvo, flaco, escondido tras sus lentes de aumento  me espetó... como si fuese Dios... que como yo era un hombre inteligente, y que estaba preparado para saber la verdad... que mi cáncer había podido conmigo, que las defensas... ¡Quien le ha dado a él poder para condenar!. Porque... me ha condenado, Tomás, me ha condenado, cuando me dijo que podía ser cosa de un año, quizá más, que había habido quien había resistido hasta cinco... no lo quise creer, yo iba a vencer al cáncer, yo había vencido siempre... yo.... pero... cuando el lunes me dijo que... lo que resista el corazón, que las defensas están bajo mínimos...  me mató allí mismo, mató mi ilusión, mis ganas, mi esperanza... todo, y encima, como hipnotizado, me vuelvo, le sonrío y le doy la mano cuando el muy... Vino a decir, bueno, se lo dijo a mi hijo Javier, yo, como comprenderás, me quedé derrengado en el descansillo de la clínica, que, con un poco de suerte, tal vez tuviese tiempo para dejar las cosas arregladas... despedirme... cerrar asuntos...Habrá estudiado mucho, sabrá mucho pero...¡Que canallada! Tomás, amigo, ¡Qué canallada!...

Tomás, murmura, sin darse cuenta, sin pensarlo siquiera.
-Cumplía con su deber Jaime, aunque  a tí te haya dejado... descolocado...
-Te lo admito, pero... ¡Ah!, esa es otra... ¿te dije que no sentí nada?
-Yo creí que todo había ido bien, cuando llamé, Javier me comentó que a la vuelta del médico... estuviste cantando... que sintió miedo, creía que te había afectado demasiado... ¡Como tú siempre das esas soluciones tan drásticas en tus relatos...!
-¿Eso te dijo? Vaya con Javier, ¡Y qué esperaba! Que me echase a llorar... solo porque voy a morirme... ¡qué estupidez!. Todos vamos a morirnos... y seguimos perdiendo el tiempo en tonterías...
-Sí, claro, visto así... Pero saber...
-¿Saber qué? La fecha... Eso es lo de menos, comprenderás que no voy a preparar una lista de agravios y llamar a capítulo a nadie para ajustar cuentas, te ofendí, lo siento infinito, perdón... Es que, ¿sabes? Como me voy a morir... No, ¡de eso nada!, váyase lo uno por lo otro...
 -Javier me comentó que habíais estado hablando de política, de libros, ¡ah!, por cierto, ¿cómo va el libro que tienes en máquinas?
-En máquinas, tú lo has dicho...  saldrá en Navidad... Demasiado tarde para mí...
-¡Quien sabe!, los médicos a veces se equivocan....
-¡Que no, Tomás, qué no! No menosprecies mi inteligencia... en cualquier momento  vendrán a visitarme los de paliativos con sus pastillitas y sus parches... Y a partir de ahí, lo mismo da cuatro días que dos horas, casi mejor las dos horas... ¿sabes?
-¡Pues si que tienes buen ánimo esta tarde...!
-Perdona, tienes razón, te estoy amargando, pero  debes entender que no me ayuda mucho  ver a Javier, a Pura, y a los chicos ahí, en la salita... sin atreverse a pasar por si molestan, como si fuese un apestado, temerosos de que  sus miradas puedan delatarlos.¿Sabes que me recuerdan?
-No, ¿qué?
-Los soldados que se jugaban a los dados la túnica de Jesús...
-¡No seas bruto, Jaime!, te quieren... pero... ¿cómo te diría? No saben como estar contigo... en este trance...
-Estando, no te amuela. ¿No han visto cómo me lo tomo yo?, ¡lo que  necesito es  que estén aquí!, necesito que me tomen de la mano, mirarnos a los ojos, despedirnos... ¿O no?
Sin replicar, Tomás se incorpora y sale de la habitación procurando no hacer ruido, minutos después, Javier, su mujer, y los dos pequeños pasan a la habitación que permanece en penumbras.
En la penumbra, Jaime sonríe en silencio.



         

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