La sorpresa
La sorpresa
José-Luis Ramos Martín
Un hombre orondo, sentado a la mesa del bar, toma su copa de coñac a pequeños sorbos, de pronto, se le acerca un joven con aspecto asustado y pregunta.
-Señor González...¿Puedo... hablar con usted?
-Sí, claro, faltaría mas.
El joven, asustado, toma asiento frente al que toma coñac y habla con voz apenas audible.
-Verá, no es fácil... yo quisiera decirle que...
-¿Nos conocemos?
-Sí,... de referencias, verá usted, yo... tengo interés por Ana...
-¿Por mi mujer?
-Sí, claro... si fuera otra Ana ¿le importaría?
-No, en absoluto, pero ¿Qué clase de interés?
El recién llegado duda, mira huidizo la copa de coñac, al fin se arranca.
-Verá usted... Ana y yo...
-Ana y usted... ¿se entienden?
El hombre respira aliviado, se anima a proseguir.
-En efecto... desde hace algún tiempo su mujer y yo...
-Oiga, ¿no es capaz de terminar una frase?
-Sí, si usted me deja. Hace algún tiempo...
-Eso ya lo ha dicho antes.
-¿Es que no quiere que le explique?
-Ya lo ha hecho, Ana y usted están juntos.
-Sí.
-¿Y funciona?
-Sí...- El joven suda -, somos felices y...
El hombre orondo sonríe benévolo.
-Pues nada, buen provecho... ¡Y que duré!.
-Es que... –mira a todas partes asustado-, ¿no le importa?
-Me importa, pero...
-¿No va a hacer nada?
-¿Serviría de algo?
-No.
Entonces... ¿Qué quiere tomar?
-Bueno, yo venía a...
-Ya, a decirme que se entiende con mi mujer...
-Eso... y ahora que ya ha terminado ¿Qué desea?
-Marcharme... si usted me lo permite...
El hombre orondo apura la copa de un sorbo, se queda mirando unos instantes al joven de mirada huidiza... sonríe y, tras una breve pausa, dice con sorna.
-Nada hombre, nada. Usted sabrá donde se mete...
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