Erase otra vez... Caperucita Azul



ERASE OTRA VEZ--- CAPERUCITA AZUL     

La verdad sea dicha, yo ya estaba hasta la caperuza de los cuentos de mamá cuando me mandó que fuese al faro a llevarle los langostinos a la abuela Muselina. ¿Qué no os he contado  lo de la abuela Muselina? ¡Qué raro! Yo juraría que sí, pero bueno, ahí va.
     El caso es que yo tendría por entonces unos diez años, no te vayas a creer que tenía más, incluso creo que alguno menos, pero eso ahora no importa.
La plasta de mamá siempre estaba diciéndome:
     -“No corras  atolondrada por la playa, no vaya a ser que un día te vayas a encontrar…
      ¿Qué me iba a encontrar? ¿Qué me iba a encontrar? Un calamar, conchas de colores, sardinas ensartadas en un palo por los niños del pueblo… Lo que yo quería encontrar  en la playa era a papá regresando de uno de sus viajes y que me contara historias de esos lugares en los que había estado tanto tiempo, pero papá no estaba nunca...
       Por eso, cuando mamá me mandó que me pusiese mi abrigo con la caperuza azul y fuese a llevar aquel pesado fardo de langostinos a la abuela Muselina me puse muy contenta, cogí la barca, el candil y mi juego de tabas para entretener el viaje y  marché hasta la isla  de Los Ahogados cantando y lanzando al aire mis tabas, como hago siempre que tengo algo de miedo, estaba convencida de que sería bonito encontrar caracolas, caballitos de mar, conchas de colores… Sí, sería bonito, por eso, me extrañó ver apagadas las luces del faro, me extraño más aún no oír el golpe de las olas contra las rocas, pero aún era más  extraño  no escuchar el parloteo de “Pirata”, el papagayo de la abuela…
         Asustada, sin saber exactamente por qué, me apresuré a atar la barca a las tablas del muelle y cargando a la espalda el fardo de los langostinos y apretando con fuerza en mi mano derecha el candil y las tabas corrí hasta el faro, subí los sesenta y seis escalones de la torre y, no tengo más remedio que reconocerlo, mi pecho parecía un reloj de cuco dando las doce, el candil se movía como las hojas al viento y en mi tripa bailaban musarañas, sí, musarañas, ¡que pasa! ¿Es que tú no has sentido alguna vez musarañas en la tripa?. ¿Qué no? Pues hijo, será que eres más raro que una culebra panzaverde porque, lo que es yo, cada tres por dos, o cada cuatro por tres, ¡como se diga! en cuanto algo me asusta un poquito, con poco basta, siento las musarañas en la tripa.
       Mamá dice que es miedo, pero no, el miedo que yo conozco, el de los cuentos de mamá es otra cosa, esto es… PÁNICO, un pánico que atrae, que te hace sentir a la vez alegre y triste, eso no lo había sentido antes, palabrita del niño Jesús… Con decirte que me sudaban las manos, que las sienes me latían como cuando llaman a misa, y mis ojos solo veían tinieblas… Y eso ¿sabes por qué era?
       Porque al llegar a lo alto de la torre, alumbrándome con el candil, encontré en la sala grande a la abuela Muselina acurrucada en los brazos del lobo de mar… y sus ojos estaban… deslumbrantes de alegría, te lo juro,  y las mejillas de la abuela, que siempre han sido como higos chumbos, estaban tersas y rosadas como una manzana… Me quedé petrificada, ¿se dice así cuando una está como una estatua? Pues eso, no veas el miedo que me dió  ver  al lobo de mar mirar a la abuela con aquellos ojos de glotonería.
    


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