De pronto, el cataclísmo


       Tantos años de lucha para sacarlo a flote, tantas noches en vela repasando un examen, tantas incertidumbres cuando salía de copas, tanto apretarse el cinturón para pagar matrículas, libros, vacaciones.
Tanta ilusión al verle partir hacía un futuro más o menos cierto, más o menos estable y después…
Después el silencio.
Cinco años de silencio, de ausencia de noticias, cinco años de ver pasar las horas pensando:
-No hay noticias, mejor, eso es una buena noticia.
Y de pronto.
De pronto, el cataclismo. La llamada agobiante, la inminente presencia de Román en la casa, con los suyos, porque en ese lustro agónico para una madre él había creado su mundo, su núcleo, su familia.
Y ahora volvía.
Ahora volvía a casa, según dijo, solo por algún tiempo.
-Ya sabes, mamá, la crisis, las deudas, el mundo que se hunde… pensé que dónde mejor que en casa… Vas a ver mamá, vas a ver, es cosa de unos meses, en cuanto me paguen los trabajos… en cuanto…
No quise seguir escuchando, Roman hablaba y hablaba mientras yo, iba pensando como le iba a contar todo esto a Antonio, cómo podía decirle que Roman regresaba… con cargas y arruinado… con una mujer y un par de críos, por eso, sorbiendo las lágrimas decidí que no, que Antonio no sabría nada hasta el último momento, y a Roman le dije lo único que una madre puede decir en estos casos.
-Nada Román, cariño, no te agobies, dime cuando llegáis e iremos…
-No sé, tal vez mañana… o pasado… solo llamaba para saber si…
-¡qué cosas tienes, hijo! Encantadísimos… Prepararé tu cuarto… y para los niños…
-Nos apañaremos como sea, ya te digo mamá, total, va a ser por poco tiempo.
Vinieron aquel fin de semana, el sábado, ¿o fue el viernes? No recuerdo… Han pasado dos años y aquí están, la casa es para ellos, Antonio se marchó nada más verlos y, a imitación del hijo, no ha dejado ni rastro de su paso.
Los niños, son divinos, un primor, pero, ya se sabe,  son niños.
Judit, mi nuera, es otra cosa, yo casi no la entiendo, deambula por la casa lo mismo que una sombra, apenas habla, vive pendiente del teléfono, siempre cohibida, siempre ausente…
Román, con sus papeles y sus cosas, a veces creo que se da cuenta de que  sufro, pero no dice nada, solo, que es cosa de unos días. Que, en estos casos, las cosas se resuelven de un día para otro, hay que tener paciencia, todo puede cambiar… yo pienso que si algún día, de pronto, todo cambia ¿cómo me quedo yo? ¿Qué soledad me aguarda sin mi Antonio?... Desde luego, este hijo…
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