LAS AMIGAS
Pepe Ramos
Creo recordar, aunque no estoy segura, que estaba en la cocina troceando un pollo cuando entró Tomás como un toro echando berrón por la boca, que si me habían visto con… no sé que nombre dijo, no quería entrar al trapo, bastante tenía con lo mío, por eso no le contesté, bueno, por eso y porque venía como una cuba.
El caso es que cuando quise darme cuenta lo tenía encima… y yo, con el cuchillo en la mano… ¡Bien sabe Dios que si no se hubiese abalanzado sobre mí no habría ocurrido nada.
Otras veces, cuando venía faltón, yo, ni palabra, al rato, se cansaba, se iba a la cama y todo quedaba en un café con sal y un par de días de morros… En ocasiones, no siempre, en un paseo y san se acabó.
¡Dios, Dios! ¿Por qué tienen que pasar estas cosas? Yo, que tenía el cuchillo en la mano, él, que se abalanzó sobre mí… y la desgracia.
En un decir amén tenía a todo el barrio metido en la cocina. ¡Qué vergüenza! Todo el mundo viendo como se me llevaban con las manos a la espalda.
Y en ese momento ¿dónde estaban Carmen, Lola y las otras? Tal vez escondidas en algún rincón ¡cuándo más las necesitaba!
Debo llevar tres o cuatro días entre estas cuatro paredes y según mi abogado ellas han hablado con el fiscal y han dicho que yo había amenazado de muerte a Tomás… ¡Ay, Señor… Señor! si eran ellas las que me incitaban, sobre todo Lola. Recuerdo cuando me presenté en La Platea con el brazo izquierdo en cabestrillo. Estaba como loca.
“Hay que hacer algo, ese tío no puede quedarse tan fresco después de hacerte eso”
Y yo, creyendo que estaban conmigo, me iba a poner la denuncia ante aquel tío que, morboso, me pedía detalles como un confesor de pueblo.
Se lo conté todo con pelos y señales y me quedé mas fresca que una lechuga, luego, con el papel bien dobladito en el bolso, me sentí más ufana que si me hubiesen dado un título.
“Mire usted, Clara, nadie ¿me oye bien? Nadie tiene derecho a tocarla ni un pelo de la ropa sin su permiso”
¡Qué bonito! Aquí tenían que haber estado ellas todos estos años…
Y ahora, cuando cuatro palabras y un par de besos, aunque fuesen falsos, me habrían consolado tanto ¿qué tengo? Nada, absolutamente nada. ¿Cómo han podido hacerme eso? ¡Menudo par de víboras! Porque, vamos a ver ¿Qué no quieren complicarse la vida? Fetén. Se meten la lengua en buen sitio y ¡todos tan contentos! ¿Qué tienen miedo? Pues anda que yo… Cuando el fiscal me tomó declaración se lo espeté en un periquete.
“Mire usted, yo estaba dividiendo el pollo cuando se presentó Tomás gritando como un poseso que si yo era una tal y una cual… y al abalanzarse sobre mí la primera que se quedó de un aire al verlo con las tripas fuera fui yo… y el fiscal erre que erre, que si había sido con premeditación ¡Qué premeditación ni qué demonios!... Se abalanzó sobre mí y cuando quise darme cuenta estaba ensartado como un pincho moruno… ni me dejó terminar, volvió con que si yo había podido soltar el cuchillo, que si había habido otras veces… y yo que mire usted, se me echó encima y yo…”
Al día siguiente, muy trajeado, muy serio y con esa voz tan campanuda estuvo un buen rato contándole al juez, al jurado y a toda la sala que era un caso evidente de asesinato con alevosía y que yo había anunciado, en multitud de ocasiones mi intención de acabar con él mientras mi abogado, que está más vendido que un besugo en nochebuena, con las orejas rojas y los ojos bajos tomando nota, aprendiendo, porque, lo que es otra cosa…
Cuando le tocó hablar apenas acertó a decir que yo no era más que una de tantas mujeres que venía sufriendo vejaciones desde el principio de mi matrimonio y que un infortunado cúmulo de circunstancias había hecho que el día de autos tuviese el cuchillo en la mano y eso, unido al alto grado de embriaguez del finado, condujo al terrible desenlace… que yo era la primera en lamentar, que si esto, que si lo otro, en fin, menos mal que no tengo que pagarle porque sería tanto como regalárselo… se limitó a decir lo que ya había dicho yo por activa y por pasiva… que había sido un desgraciado accidente.
Lo malo es que entre unas cosas y otras, lo que dijo el fiscal en su exposición.
“Debemos atenernos a los hechos, y los hechos son tozudos, es evidente que hubo intención de matar… estaba preparada… vio la ocasión propicia al llegar su esposo con un alto grado de intoxicación etílica…”
Cuando el juez me dijo que si quería decir unas últimas palabras, como una autómata volví a repetir:
“Señoría, yo estaba apartando la carne, como solo somos… bueno, éramos los dos, pues eso, los muslos para filetes y el resto para una paella y fue entonces…”
El juez me interrumpió.
“Entonces lo mato, aprovechó que…”
“No, señoría, bueno, sí, pero yo no quería…”
Parecía enfadado cuando me interrumpió.
“Déjeme argumentar, señora, la sala espera que nos ciñamos a los hechos y, señora mía, los hechos nos dicen que el día de autos, por encima de toda duda razonable, usted lo mató. Sabemos que tenía intención de hacerlo y lo hizo.
Y después vino lo peor, aquel sermón de las bondades de Tomás, que si era modelo de hijo, de esposo, y no dijo nada de padre porque, gracias a Dios no hemos tenido hijos, pero si llega a tener esa baza de los hijos allí mismo me pide una ejecución sumarísima. ¿De dónde habrá sacado esa idea de Tomás?
Todavía resuenan en mi cabeza, machaconas, aquellas palabras.
“… caballero sin par, amable, moderado, trabajador…”
No llego a comprender por qué se callaba mi abogado y no presentó las copias de las denuncias que presenté en comisaría. Seis o siete, ya ni me acuerdo. El muy pasmarote dejó que el juez me crucificase sin hacer otra cosa que escribir y escribir.
Con esta defensa que extraño será que salga de aquí con bastón.
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