EL ACCIDENTE DEL SEÑOR ANSELMO
EL ACCIDENTE DEL SEÑOR ANSELMO
Pepe Ramos
Cuando yo tenía siete u ocho años, pasábamos todo el santo día de Dios en la calle, revueltos en el polvo en verano y en el barro en invierno y, mientras una caja de cartón y una cuerda era un maravilloso coche y un montón de arena con dos piedras el más maravilloso campo de fútbol, en medios de nuestros juegos, respirábamos la vida que palpitaba a nuestro alrededor, quisicosas que a veces solo nos chocaban un poquito por aquello de la costumbre.
Nos dábamos cuenta perfectamente de que antes del atardecer, Margarita, llamaba a Carlos, Manolo y Tomás y los metía, a empellones, para casa porque tenían que estar acostados antes de que llegara, casi siempre borracho, el señor Manolo, su marido, un hombre malhumorado que había perdido un brazo en la guerra. Eso formaba parte de la rutina, nos parecía normal, lo que nos sorprendió grandemente fue el accidente del señor Anselmo. Eso nos dejó descolocados unos cuantos días.
Recuerdo que una mañana, mientras descargaba las botellas de su camioneta y las iba metiendo en el bar, de pronto, con gran estruendo, le estalló un sifón y, vimos, asustados, inmóviles, como se retorcía en medio del polvo y se iba cubriendo de sangre..
Fue impactante ver como un hombre grandote, se revolvía de dolor en el suelo y gritaba, lo contemplábamos con ojos desorbitados convencidos de que se estaba muriendo y tenía la cara llena de sangre.
Inmediatamente fueron apareciendo, a la carrera, mujeres, a carrera, muy alteradas, con toallas y paños dispuestas a ayudar al pobre hombre, después, una vez hecha la cura de urgencia, alguien arrancó la camioneta, lo subieron entre tres o cuatro y lo llevaron a la Casa de Socorro de la Avenida de Mirat, entonces no había hospitales a los que acudir.
Tardó el señor Anselmo en aparecer y cuando lo hizo, estaba cojo y tenía una extraña cicatriz en la cara.
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