JONÁS, EL DE LA ENGRACIA.

 

Jonás, el de la Engracia.

                                            Pepe Ramos


Jonás es un ser extraño, y lo ha sodo desde el mismo momento en que su madre, la señora Engracia, lo entregó a este mundo. Así lo contó ella siempre.

-Yo, desde el primer momento en que lo sentí en mis entrañas supe, no me pregunten por qué, que iba a ser un niño especial. ¡Y claro que lo fue!, en cuanto se lo retiró a la madre la señora Mariana, la partera del barrio, se quedó helada, aquello no podía ser normal, ¡aquel niño no lloraba!, la primera impresión de la señora Mariana, que llevaba más de veinte años ayudando a parir a todas las vecinas del barrio, fue que aquel niño había nacido muerto. 

Ella, por su experiencia de muchos años, sabía si respondían o no a su manipulación para colocar a la criatura en el canal del parto. 

Pero no dijo nada a  Engracia por no asustarla.

Aquel niño no parecía respirar, no lloraba ni poco ni mucho, no lloraba nada a pesar de las consabidas palmaditas en las nalgas... Nada, que  no hubo manera de hacerle  llorar.

Engracia miraba a Mariana, Mariana a Engracia y las dos sabían que aquello no iba bien.

Por fin, Engracia, se aventuró a decir a la partera.

-Ve usted, este niño es raro, pero… oiga, que yo sé que está vivo, que lo he sentido todo el tiempo y soy su madre.

Tras unos minutos de indecisión, Mariana le puso  boca abajo otra vez, y esta vez lo cimbreó como a un conejo, le atizó sin contemplaciones otra palmada, nada…

Al rato, cuando ya no sabían qué hacer, el niño, abrió los ojos y se quedó mirando a la partera como enfadado.

- Engracia, ¡Qué me está mirando!, que el niño me está mirando con gesto de enfado, como mi Venancio cuando no está caliente la sopa, ¿le habrán molestado las palmadas?

La parturienta estaba más interesada por lo que estaba pasando que por sus molestias, que no eran pocas.

-Ve usted, Mariana, lo que yo le digo, que este crío es diferente…

La señora Mariana, con los brazos en jarras se encaró con la parturienta.

-Pero, vamos a ver, Engracia, ¡diferente a quién, si es hijo único!

-Único y último, se lo juro por mi madre que en gloría esté.

Ese fue el primer disgusto que dio el crío al nacer, pero era el primero de muchos.

Ni Engracia ni Mariana habían mandado recado a Rosendo, el padre, porque no sabían que tendrían que decirle y,  cuando se enteró Rosendo del asunto, al llegar de la obra, nada más verle los ojos, dijo:

- Seis años esperando que viniera el crío ¡y mira qué ojos tiene...! uno verde y otro azul, mismamente como los gatos de la Aurora. Yo estaría conforme en que se llamase Jonás, porque, ¡mira tú lo que le ha costado salir de las aguas...!

Ahí quedó el tema del nacimiento de Jonás, y Mariana tendría qué contar por años cómo fue el parto de la Engracia. 

Pasó el tiempo y Engracia y Rosendo, se fueron haciendo a la idea de lo raro que era su hijo, no era solo que tuviese un ojo verde y otro azul, también, cuando salió, el pelo era como una trenza ensortijada de  negro y castaño, la nariz, ahí no había cuestión, era talmente la de abuela Enedina, larga y como un garfio, la boca grande, los dientes, irregulares, el odontólogo tuvo un buen sobresueldo con él cuando acabó con los dientes de leche y empezó a disimular, lo que se pudiera, el hecho de que todos eran diferentes, unos salían grandes, otros pequeños, algunos salientes y cada uno con un tono de blanco, el pobre Jonás llevó  los aparatitos hasta los diecisiete años.

La mandíbula estaba dividida en dos partes irregulares, la izquierda caída, la derecha, bien formada, pero distinta, y las orejas, ay las orejas, una más alta que la otra, por eso, no pudieron saber nunca si escuchaba bien o mal, lo de oír era otra cosa, oía hasta un alfiler que se cayese al suelo.

El cuerpo de Jonás fue enclenque, delgaducho, con granos y verrugas en los hombros y las axilas, los brazos, largos como una semana sin pan, las piernas, pequeñas. No había forma de vestirle con ropa comprada, ningún jersey, ningún pantalón, ni siquiera los zapatos, le han servido nunca. Todo ha tenido que ser siempre a medida y carísimo.

Carísimo mientras vivieron sus padres, que luego no, cuando a los veinte años de Jonás, sus padres tuvieron un accidente de tráfico de esos tontos, que simplemente se fueron contra un camión de cemento, por no atropellar a una joven que iba escribiendo en su móvil, y allí quedaron, muertos en el acto.

Han pasado algunos años del accidente y Jonás cuenta, a quien quiere escucharle, que “habían cumplido” y ¡vaya si habían cumplido los pobres! 

Ahora, Jonás es ese hombre conocido por sus trajes de colores chillones, sus zapatos de tiras, sus sombreros a juego, que asiste en primera fila a  todas las conferencias que se anuncian en el periódico local, porque tiene para él solo, todo el tiempo del mundo, nunca fue capaz de trabajar en nada, vive de las rentas de la finca que heredó de sus padres y protegido por un abogado que por el módico treinta por ciento del beneficio, le lleva las cuentas.

Y ¿Cómo cómo se las apaña? De momento muy bien, comiendo solo lo que él guisa, y solo usa la sartén.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

EN UNA TARDE DE TORMENTA

COSI, la gatita que soñó ir a la Luna

España en 2074, filantropia o dictadura moral.