EL DESVÁN DE LOS ABUELOS.

 






EL DESVÁN DE LOS ABUELOS


Yo me llamo Dani, tengo seis años y una hermana, Margarita, de cuatro y este verano hemos estado en Villazarzal, el pueblo de los abuelos Jacinto y Felisa por eso os lo quería contar.

Nosotros no conocíamos a los abuelos Jacinto y Felisa pero los papás decidieron que ese verano lo pasaríamos en su compañía en Villazarzal, nos montaron en el autobús de linea en compañía de un señor, el señor Anacleto, que vivía en el pueblo y que había sido amigo de niño de mi papá y ese señor era el encargado de "echarnos un ojo" hasta que llegasemos al pueblo.

-¿Te has enterado bien, Dani?

-Sí, papá, que me he enterado, este es el señor Anacleto, y el pueblo se llama Villazarzal, tranquilo, no vamos a perdernos, quédate tranquilo.

 Yo estaba triste, ¡si seré bobo!, papá me dio un beso y otro a Margarita y se quedó mirando, como "espantao" a que saliese el autobús con nosotros dentro.

Estaba convencido de que lo íbamos a pasar de pena en aquel pueblo tan pequeño y en el que, igual ni siquiera había niños y vamos a ver ¿con qué nos íbamos a divertir en un pueblo pequeño?

Y lo confirmé cuando llegó el autobús a la Plaza Mayor del pueblo, había una pareja de viejos, ella, la abuela, vestida con ropa antigua, pañuelo a la cabeza y zapatillas de deporte Adidas blancas, y sí que me extrañó sí, el abuelo vestía de pantalón de pana negro, camisa blanca y chaqueta de paño azul y tenía en la mano un papel, que luego supe que era una foto que le había mandado papá para que nos reconociese al llegar. ¡Qué bobada!, cómo iba a confundirse si no había niños por ninguna parte en el autobús.

Yo pensaba que iba a ser un pueblo muy viejo, con casas pintadas de blanco que se han manchado con el tiempo y la lluvia y eso, vamos, más o menos, lo  que se ve en la televisión cuando hablan de los pueblos. Pero no. Al lado de la Plaza Mayor, en una esquina estaba la iglesia, de piedra, grande, tenía unas puertas de madera muy grandes y antiguas con hierro por todas partes y el campanario con un nido de hojas y ramas de árboles.

No pude darme mucha cuenta porque enseguida nos abrazaron los abuelos, nos llenaron de besos sonoros y nos llevaron a la casa. 

La casa de los abuelos es muy grande, tiene tres habitaciones para dormir con unas camas altas y muy grandes, un comedor con una mesa de madera de roble me dijo el abuelo llena de pañitos de punto hechos por la abuela debajo de un cristal muy grande, que el abuelo quitó cuando fuimos a cenar. Seguro que no se fiaba mucho de que Margarita o yo no fueramos a romperlos. En la cocina había un armario muy grande con puertas que hacía de frigorífico y que estaba lleno de botes de barro de distintos tamaños donde se guardaba la comida, carne, verduras, queso, de todo... Y en cada bote ponía el nombre de lo que tenía dentro.

En el comedor se veía un sitio con ceniza y unas placas de metal y encima una chimenea, el abuelo nos contó que claro, que en el verano no se encendía pero que en el invierno, el abuelo le ponía troncos grandes de leña y hacía una buena "chisquera"... Pero eso, como no lo vi, no lo cuento, ¿vale?  pero de lo del desván sí, había una escalera con pasamanos de madera brillante, barnizada como las sillas y al fondo, arriba del todo, aunque estaba en lo oscuro, se veía la puerta.

-Y eso, abuelo, ¿a dónde da? -Le pregunté al abuelo Jacinto mientras cenábamos un guiso de carne con patatas y un flan casero que... no me riñas mamá, pero aunque estaba riquísimo, no lo pude acabar-

-Al desván, hijo, al desván, -Y no dijo nada más, yo, que no sabía que era eso del desván, me dije "Mañana, por la mañana, ya de día, que se ven mejor las cosas... le digo al abuelo que me enseñe el desván.

Si llego a saber lo bonito que era aquello, le hubiese pedido que me lo enseñase en ese mismo momento, pero fue mejor así, porque, de noche... Como que no es lo mismo.

 Y dicho y hecho, en cuanto nos levantamos por la mañana, ¡Y eso sí que tiene guasa!, le pregunté a la abuela por el cuarto de baño y me dice riendo fuerte.

-Ahí mismito, rico, ahí, detrás de esa puerta.

Me voy tan decidido y ¿Sabes lo que había detrás de la puerta de la cocina?. ¡El corral, grande, muy grande, lleno de animales, gallinas, no sé cuantas, como no dejaban de moverse no me dio tiempo a contarlas, dos perros, uno negro y otro de un marrón sucio, dos gatos y, ¡no te lo pierdas!, un pato blanco, grande, el más grande que he visto nunca. Volví a entrar en la cocina y la abuela no me dejó ni hablar.

-Sí, prenda, sí, ahí, dónde quieras, procura que no te piquen las gallinas o el pato, todo el corral está para ti, cuida de no mancharte los pantalones y ya está.

Un poco asustado busqué un sitio adecuado y me agaché para hacer caca en una esquina que había unas cajas de madera que habían tenido fresas y allí mismo, y no creas que me costó acostumbrarme, lo malo fue convencer a Margarita, le costó llorar la primera vez, luego, pues eso, como todos... se reía.

Pasé a desayunar, un tazón de leche de vaca recién ordeñada, una hogaza de pan con nata y azúcar, ¡más rica! y cuando entró el abuelo, que ya hacía rato que andaba por el mundo, como dijo la abuela, le di un beso y se pasó la mano por la cara, me sonrío y me miró como si fuese yo lo más guapo del mundo. ¡No veas cómo me miró!

-Dani ¿tú querías perderte por el desván?

Me puse de pie sin pensarlo dos veces y le dije:

-Claro, abuelo, ¿puedo verlo?

-Ya lo creo, ya, tu padre, de chavalillo, no salía del desván, allí tenía lo que él llamaba "su cuartel general" y había que llamarlo a voces para que bajase a comer... ¡No veas lo teatrero que era mi Juan de chaval!

A mí, la verdad, me parecía mentira que papá hubiese sido alguna vez teatrero, yo pensaba que los del teatro no eran tan serios, ni empleados de banca, ni medio calvos como papá. 

-¡Menudo prenda era el bueno de mi Juan!, anda vamos, dile a la nena que si quiere subir...-Margarita estaba todavía con la hogaza de pan tostado con nata y azúcar y dijo con la boca llena.

-En un momento, en un momento... ¡No puedo comer tan deprisa como el tragaldabas de Dani!.

-Sí, hija, sí, -dijo la abuela-, luego te subo yo. Jacinto, sube tú con el rapaz, que ya iremos nosotras.

Y subimos, ¡vaya si subimos!, al abrir la puerta el abuelo, con una llave de esas grandes, antiguas, no se veía nada, luego, poco a poco, después de encender la luz de una bombilla que había arriba, junto al tejado, y que tenía una capa de polvo grande, empezamos a distinguir las cosas. ¡Allí había de todo!, un caballo de cartón, un montón de cajas, algunas abiertas y en las que se veían trajes, sombreros, zapatos, una espada de madera, la jaula de un pájaro vacía, un triciclo antiguo, banderas de colores, cajas de juegos de mesa que seguro que le faltaban fichas o cartas porque estaban por el suelo... Parecía que papá hubiese estado allí jugando ayer por la tarde...

-Ya ves, ya ves, se diría que mi Juan estuviese todavía aquí -dijo el abuelo sonándose los mocos-, bueno, si quieres, te dejo y juegas con lo que te apañes... Yo ando con cosas pendientes de hacer por ahí... Ten mucho cuidado al bajar, que la pendiente está algo brusca...

-Sí, abuelo, descuida, ya me arreglo yo para divertirme, esto es un tesoro de cosas... ¡qué maravilla!.

El abuelo bajo la escalera agarrándose a la barandilla con cuidado haciendo crujir las maderas. Yo me subí en el caballo de cartón, busqué y busqué entre las ropas que había en las cajas y me puse un parche de pirata negro y un pañuelo con círculos de colores, como los piratas y allí pasé la mañana más maravillosa de mi vida porque, al rato, subió Margarita y se disfrazó de condesa o algo así con un vestido de volantes que arrastraba tela por el suelo como una serpiente. Divino, divino. ¡Qué mañana!, y luego, ya sabíamos lo que nos esperaba cada mañana, porque, por la tarde, los abuelos se empeñaron en que teníamos que hacer la siesta para crecer fuertes y solo podíamos salir a la calle al atardecer "Por mor de la calima", dijo la abuela, pero no me explicó que era eso de la calima y no pregunté.




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