VALDEBURRIL, el pueblo de los burros.

 





VALDEBURRIL, el pueblo de los burros.

Un cuento para mis nietos Julia y Olmo

                                           Abuelo Pepe

Valdeburril es el pueblo donde viven los burros, casi todos los burros que se ven por los pueblos son de Valdeburril, todos los burros que viven alegres, van por ahí, corriendo, saltando y comiendo zanahorias... Son de Valdeburril. 

Y son, casi siempre, los que tienen suerte, los otros, los que nacen en otros sitios, son "otra cosa", los pobres burros no tienen más remedio que trabajar llevando a los niños de una aldea a otra, cargando sacos sobre sus espaldas y, los que están en casa de los ricos, esos solo pasean en calesa a los niños ricos, que llevan, pantalones bombachos de colores extraños, verde manzana, azul cielo... y camisas de paño a cuadros y gorritos muy ridículos, y a esos niños no les dejan jugar con los burros, ni tirarse al suelo, ni mancharse los pantalones bombachos... 

Los niños ricos solo pueden jugar dentro de casa o dentro de la escuela... en fin, esos burros, los de los niños ricos, hacen lo que les mandan, pero les mandan poco, y cuando obedecen, le dan zanahorias, lechugas azules o coliflor, lo que más les gusta es la zanahoria y también, si se la dan, coliflor tierna, bien cocidita con especias y en un barreño, ¿Por dónde iba?¡Ah!, sí, os quería hablar  de Pequeñajo.

Pues, es que Pequeñajo era de Valdeburril,  un pueblo bastante grande, que tiene burros, pequeñitos, grandes, papás, mamás, de todo, hasta alcalde tienen, sí, sí, Don Mordiscón, y un boticario, don Asperón, y, como es natural, un maestro, don Saltaricón.

Los burros, como en los demás pueblos, tienen que ir a la escuela, y allí les enseñan a correr, a trotar, a relinchar en distintos tonos, a cabalgar al paso con las patas estiradas,  o sea, todas esas cosas que saben hacer los burros bien educados, aprenden, y tardan su tiempo,  a mover la cabeza con respeto cuando les hablan los padres o el alcalde, o  el boticario, y por descontado, el maestro, que ese tiene vara.

Pequeñajo, como era el último, no pudo ir a la escuela, tenía que ir al campo a transportar cosas, sacos, barreños, cántaros, alforjas... lo mismo que los papás, porque había que ayudar en casa y, como no tenía tiempo para ir a la escuela, no aprendió cómo se hacía para relinchar suave, soplar fuerte, mover las orejas para agradecer, llevar bien las alforjas y por eso pasó lo que pasó, que el pobre Pequeñajo lo hacía todo al revés, caía las alforjas, pisaba los trigos,  relinchaba mal y los que encargaban la carga a sus padres, se enfadaban y no querían pagar por las alforjas de heno, que acababan por el suelo, ni por el costal de patatas, ¡y con razón!, las había caído en el camino y ya no valían y la gente se asustaba cuando salía al trote si tenía que ir al paso y, al final, los papás no sabían que hacer y, por la noche hablaban del problema que era Pequeñajo y como Pequeñajo les escuchó y de burro tenía poco, en cuanto se acostaron, se escapó en busca de un sitio donde se le ayudase a aprender para no molestar a todos, y caminó y caminó hasta que se hizo de día y como tenía mucho sueño y mucha hambre, se metió en una huerta, comió algunas peras, flores y al final, en una esquina encontró las zanahorias, y estaba tan feliz comiendo zanahorias cuando un palo cayó sobre su espalda, era el dueño de la huerta, por eso, ni relinchó ni nada, saltó la tapia y salió al trote por la carretera que tenía delante, y caminó y caminó hasta que volvió a hacerse de noche y entonces, buscó un hueco entre unos árboles y allí mismo se quedó dormido, por la mañana, en cuanto se despertó, bebió agua de un riachuelo que había por allí y comió un poco de hierba, no vio nada más, así que siguió y siguió caminando hasta que vio una casa. 

Cuando llegó a la casa estaba muy cansado, mucho, mucho, así es que relinchó y entonces salió un señor, el dueño de la casa que se compadeció de aquel burrito lleno de polvo y con la boca reseca con capas blancas como la nata de la leche, por eso, entró corriendo en casa y en un periquete sacó a la puerta, no quería que el burro entrase dentro de la casa, cacahuetes, alubias cocidas, espárragos, zanahorias, un cubo con agua fresca, lo que encontró y el pobre burrito comía y bebía con ansia, y el señor se rascaba la cabeza sin saber que hacer, por eso llamó a la niña, que estaba desayunando para irse al colegio, y que, al ver al burrito se quedó muy sorprendida, con la boca abierta y empezó a acariciarlo, parecía de peluche, solo que mas grande y así estuvo un ratito, hasta que papá le dijo:

-Deja el burrito, reina, que tienes que ir al cole y llegarás tarde.

-Papí, ¿Por qué no nos lo quedamos? Mira que tierno es, tan suave, y me mira... con cariño...? Yo creo que quiere quedarse con nosotros...

-No sé, no sé, seguro que tiene dueño y vendrá a buscarlo... De todos modos, Julia, vamos a hacer una cosa, si te lleva al colegio y te obedece, y al salir a mediodía está esperándote, te lo traes... Y si no lo reclama nadie... Nos lo quedamos.

-¡Qué bien, papá,!, es guay.

-¿Le vas a poner un nombre?

Sí, claro, - la niña se quedó pensando un poquito y, al final, después de darle vueltas a varios nombres,  dijo a papá.

  -Pelusín, se llamará Pelusín, es bonito, ¿ves lo suave que es? 

-De acuerdo, monta a ver si te lleva... y si no protesta, es que quiere quedarse, pero, con cuidado, que los burros, son... ¡Qué bobadas digo! ¿Qué van a ser los burros?

Julia se reía y se reía...

-Anda, Julia, monta, que se te hace muy tarde, y a ver si llegas al colegio aunque sea a la hora del recreo, que hoy, no sé por qué me da a mí que, con esto del burrito... no quieres ir al cole.

-Sí, sí quiero ir, y además, en burro, ¡que emocionante!, Ya nos vamos ¿Verdad Pelusin?

Se montó, con la cartera en la mano izquierda y con la derecha se agarró fuerte de la oreja derecha de Pelusin y el burrito, empezó a caminar a caminar... como si supiese el camino.

Cuando llegaron los dos a mediodía del colegió, el papá, muy asombrado, preguntó a Julia.

-¿Qué tal?, ¿Cómo te ha ido? ¿Llegaste a tiempo?

-Sí, papá, pero este burro... no es burro, hace lo que quiere, le digo que corra y va despacio, le digo que trote y se para, y si quiero bajarme y le digo  que se agache, sube la cabeza... Menos mal que me he dado cuenta de lo raro que es y ahora nos entendemos, es sencillo, si quiero que vaya despacio le digo "corre Pelusín, corre" y va despacio... no hay más que decírselo todo al revés... Yo creo que no es tan burro como parece.

-¿Entonces? ¿Qué hacemos Julia?

-Yo creo papi, que si no lo reclama su dueño, pues... Nos lo quedamos, porfa, puede estar en el patio y como come verduras, zanahorias y cosas de esas que a mí me gustan mucho... Con comprar más... Es que, papí, yo creo que, aunque lo parece, no es del todo burro, que los burros son... los que obedecen.

   

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